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“Ser médico es todo, es lo que me gusta, me apasiona y es lo que siempre quise ser desde pequeña, siempre dije que la medicina era mi meta y mi más añorado sueño.” Estas son las palabras de la joven doctora Beatriz Mercedes Sian, Bety o La China, como la conocen cariñosamente sus amigos, una joven amable que en su mirada reflejaba los deseos hacer realidad su manojo de sueños.

Así la encontré hace algún tiempo en su rotación como estudiante en los servicios de pediatría del Hospital Materno-Infantil del municipio de Banes. En ese momento nunca pensó en las experiencias que con solo un año de graduada le impondría la covid-19 y que muy lejos del calor del hogar comenzaría a crecer como profesional.

La Habana la acogió en su seno como una madre, pues allí, con solo un año de graduada, compartió seis meses en el trabajo duro de una Zona Roja, en la que comenzó sus primeros pasos como médico. “A nuestro municipio se le pide apoyo para cumplir con la dura tarea de enfrentar la covid-19 en la capital, ante lo cual pidieron la disposición voluntaria para ello, no lo dudé y dije que iría a cumplir con mi labor como médico formada por la Revolución donde me necesitaran”.

“El recibimiento fue inolvidable y muy cálido, de verdad no pensé ver tan cerca al Ministro de Salud Pública y a otros dirigentes del Partido y el Gobierno en el país”.

La nostalgia y llegar por primera vez a enfrentar una enfermedad nueva impactó a esta doctora que logró sobreponerse a las distancias con la fuerza y valentía que caracterizan a nuestros galenos. “Ser la única banense en ese lugar tan lejos de los míos en un momento me sacudió todo el cuerpo, pero después esa sensación fue pasando. Me ubicaron en el hospital Julio Trigo, en el municipio de Arroyo Naranjo, una institución de salud que recibía una gran cantidad de casos confirmados. Recibir la preparación para poner en práctica todos los protocolos y todas las metodologías para cumplir con las medidas me hicieron aprender todo al pie de la letra y con sumo cuidado porque sabía que un error podía costar muy caro, tanto para el equipo que trabajaba conmigo como para mi salud.”

“Tuve la oportunidad de rotar por varios servicios, estuve en salas de bajo riesgo y también en las de vigilancia intensiva, que son las personas de alto riesgo, y fui parte de esa atención especializada que se le brinda a un paciente positivo a esta enfermedad”.

La confianza que depositaron en sus conocimientos hoy es un motivo de regocijo parta quien siente en su corazón la medicina. “Atender a estos pacientes fue también una motivación para dar lo mejor de mí tanto en lo profesional como en lo personal, porque allí puede hacer todo lo que estuvo en mis manos para lograr el bienestar de quienes padecían el coronavirus. Mi poca experiencia laboral no fue nunca una traba, al contrario, el personal de salud me dio apoyo para que pusiera en práctica lo que sabía y lo que no sabía lo fui adquiriendo, nutriéndome de la sabiduría de quienes llevan años en esta noble tarea”.

Cuando comenta sobre sus vivencias también su mirada soñadora se torna triste. “Viví momentos muy difíciles, como recibir un paciente joven, sin antecedentes personales patológicos de ningún tipo, que había contraído la covid-19 por irresponsabilidad y ver cómo su salud se fue deteriorando muy pronto y tener muchas complicaciones que lo llevaron a la sala de terapia intensiva en pocas horas y al otro día de salir de la guardia enterarme que el paciente fallece. Es muy triste para un profesional de salud que nuestros pacientes fallezcan, es algo que te marca porque fue un paciente que recibí que nunca pensé que llegaría a este desenlace. También lloré, porque para nosotros el dolor ajeno no se ve de lejos cuando estuve cerca de madres que no pudieron despedir adecuadamente a sus hijos y de hijos que nunca le pudieron dar un último beso a sus madres”.

Quienes escogieron el camino de salvar vidas llevan consigo una gran dosis de esperanza que esparcen en cada gesto, en cada palabra de aliento. “Brindar apoyo psicológico a un paciente es fundamental, tener esta enfermedad ya constituye un hecho traumático para estas personas y piensan en todo lo que no han hecho, en que la vida es muy corta, allí escuche historias desgarradoras de quienes no querían morir y se aferraban a la vida. En esos instantes, de verdad, tenía que poner muy en alto el papel humanista del médico y la sensibilidad para que se sintieran acompañados”.

Vestirse por primera vez con el traje de protección personal y entrar en una Zona Roja es de esos recuerdos que, según Bety, rememora minuto a minuto. “Debíamos cumplir con todos los pasos y ese día en que me puse ese vestuario me colmó la emoción, pero también pensé en tantas cosas, en el riesgo en mi familia, en mi vida, pero también me dio una fuerza inmensa porque sabía de mi compromiso de entregarme por completo para salvar a mis pacientes.”

Creer en el futuro, y sobre todo en ella misma, le ayudó a salir adelante. “Por primera vez en mis 24 años nuca había estado lejos de mi familia, que es ese pilar en el que uno se sujeta fuerte cuando vienen las dificultades. Allí estaba sola, porque no tenía a mis seres queridos, pero debo decir que en el hospital Julio Trigo tuve otra familia que me regaló un amor y cariño sin límites.”

“Ser médico significa sacrificio, y sobre todo mucha responsabilidad con cada uno de tus actos, porque de ellos depende la existencia de otros. La medicina es compromiso y también agradecimiento porque tengo mucho que agradecerle a la Revolución porque todo lo que soy se lo debo a su obra”.

Devolver la salud a un paciente es el mayor premio para la joven doctora Beatriz Mercedes Siam, porque ella siente muy suyo el arte de curar.

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