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Las muñecas, las casitas, los caballos de madera, las pistolas, ponerse los zapatos de mamá y papá o imitar las diferentes profesiones en los juegos de roles son algunas de esas pequeñas alegrías que inundan las jornadas de los que saben querer. 

Cuando ellos están, todo se llena de colores y sonrisas, se le agradece al destino poder compartir junto a esas personitas que en su inocencia no cabe la mentira o el orgullo, porque para ellos solo es importante obrar bien, jugar, tener amiguitos, que sus padres los amen, ser felices.

Pero esa realidad no la viven todos los niños y las niñas, en otras naciones no tiene espacio para desarrollar las habilidades propias de su edad porque tienen que trabajar para comer, no saben cómo disfrutar de una caricia porque nunca la han recibido. Solo de pensar en ello el corazón da un vuelco y se entristece el alma porque todos los infantes tienen derecho a recibir amor.

Despertar con el beso y el abrazo tierno de sus hijos es el mejor regalo que pueden recibir quienes se adentran en el maravilloso universo que brinda la maternidad y la paternidad, ese estado en el que se quiere hacer magia para poder hacer realidad todos sus sueños.

La imaginación y la fantasía siempre andan de la mano y juntos con ellos crean diversiones que parecen imposible de creer porque un simple envase se convierte en una princesa con trajes exóticos o en una vaca que pasta por nuestros verdes campos.

Los sonidos onomatopéyicos hacen gala de sus conocimientos de la naturaleza y ayudan a crear esa alegría contagiosa que nutre y hace crecer, tanto en centímetros como en inteligencia, porque hace realidad las ilusiones del inigualable mundo infantil.

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