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El reloj marca las cinco de la mañana, neblinosa de sueño, lo mira fijamente para, en silencio, reprocharle que la sacase de la cama. Con los ojos aún dormidos, llega a la cocina y el olor a café le inunda el cuerpo; la ducha tibia y los primeros destellos del maquillaje le cambian el rostro. Después de un buen sorbo de este mágico elixir mañanero, y cuando ya prepara la leche con cereal, las primaras ideas se adueñan de su pensamiento; es como si sintiera el golpe de las teclas y viera surgir de la blancura de la hoja los vocablos, que se convierten en palabras, oraciones y luego párrafos.

Pasos apresurados indican que ya todos en la casa están despiertos. El dueño del tiempo anuncia las seis con 30. Controlar el correcto cepillado de los dientes, el desayuno, que toda la ropita esté en los bolsos, los zapatos bien abrochados, los vestidos sin huellas de leche, el peinado casi perfecto. Se hace tarde, caminan con botas de siete leguas, los “buenos días” de los vecinos, y cuando no se habla de colores, animales, princesas y sirenas, nuevamente piensa en preguntas, respuestas, en la reacción del entrevistado, en la intencionalidad de este o aquel trabajo. Justo a los ocho de la mañana, ya en el Círculo Infantil, recuerda que la directora de la institución le comentó sobre el tercer perfeccionamiento de la educación, agentes, comunidad, primera infancia, y rápido, grabadora en mano, el olfato de su profesión le indica que es buena información.

Periodistas del Departamento Informativo de Radio Banes

Cuando solo faltan 15 minutos para los ocho con 30, el tono de su móvil le indica que es el momento en el que los nervios están a flor de piel, un pase en vivo a la programación de la emisora, ahora siente la fuerza de cada palabra impregnada en su piel.

Llega con el cabello revuelto y con solo el atisbo de su creyón de labios, pues la brisa, los besitos en las mejillas y el sudor han cambiando la imagen que relejaba el espejo del hogar. Esboza una sonrisa y, con un poco de trabajo, pero con toda la disposición, sube al carro, tan alto como uno de montaña. El recorrido es largo. Los compañeros que integran el equipo de prensa hacen bromas, hablan acaloradamente de varios asuntos. Ella pierde su mirada en el paisaje, una tierra roja con palmas y árboles frutales la hace soñar con crónicas, comentarios, reportajes. El frenazo la trae de regreso al lugar del acontecimiento, una mano amiga la ayuda a bajar. El sol, el frío o la lluvia se convierten en sus cómplices, pues no importa si es uno u otro quien la acompaña, porque se siente enamorada de su trabajo y lo considera el mejor oficio del mundo.

Cobertura “de altura” de las periodistas de esta emisora

Al regreso, entre hashtag y fotografías, las redes sociales ocupan su tiempo, el mundo se hace eco de lo ocurrido, y luego escribe, primero una información, después encuentra la inspiración en todo lo que vivió en su aventura periodística. Poco a poco se van tejiendo las ideas como en un tapiz y siente cómo cada palabra se va tatuando en su piel, las siente en cada fibra de su ser.

Al final de la jornada laboral, la despedida de los compañeros, el deseo de una buena tarde se une a los pasos de otras personas que también reciben el abrazo de manos pequeñas y sonrisas felices, que permiten que la alegría se adueñe del alma de aquellos que planificamos horarios, nos levantamos temprano, estamos presente en la vida de la familia y en el calor del hogar o, en medio de las tareas de la casa, encontramos la inspiración para hacer posible nuestros sueños de mujeres periodistas.

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