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Un escenario complejo unió su camino, maneras de hacer y de ser diferentes, procedencia familiar, preferencias, amistades; sin embargo, un mismo origen, además del lugar de nacimiento, identifica a los banenses Gladis Berta Fernández Álvarez,  Omar Tamayo Gallardo, Dalexis  Curbelo Vidal,  Luis Carlos Marrero Fernández y muchos otros hijos de esta tierra. Ellos decidieron hacer suyos el arte de curar y fuera de nuestras fronteras mostraron la realidad de la Salud Pública cubana.

Cuatro historias entrelazadas por el internacionalismo, pilar que fortalece a quienes son integrantes de la Brigada Henry Reeve, la cual lleva el nombre del brigadier del Ejército Libertador de procedencia norteamericana que abrazó como suya la lucha por la independencia de Cuba. Actualmente, es reflejo de cómo los cubanos hacemos realidad las acciones de quienes fueron partícipes de nuestras gestas libertarias y en otras naciones cumplen con la noble misión de salvar vidas cuando la mortal pandemia de la covid-19 marcó el inicio de una batalla que necesita de la voluntad de mujeres y hombres que no temen poner el riesgo su vida para preservar la de otros. 

 “Chukran, Cuba” es una frase que quedó impregnada en el corazón de la licenciada en enfermería Gladis Berta Fernández, y que no olvidará nunca, porque esos dos vocablos significan el agradecimiento del pueblo de Kuwait por la labor de nuestros galenos. “El trabajo fue muy duro, la Zona Roja demanda de mucha concentración para no cometer ningún error, porque el más mínimo fallo podía traer consigo que se contagiara el equipo médico, o yo misma, pero la sensibilidad que caracteriza a los cubanos y nuestra formación me permitió cumplir con esta tarea”.

Omar Tamayo, u Omarito, como lo llaman cariñosamente sus familiares, no ha necesitado ni aperturas sicilianas para continuar ganándole la partida a la covid-19 en Santa Lucía. Hace más de un año que no recibe el abrazo de su pequeña, pero sabe que esta lejanía del calor del hogar responde a un bien mayor, el de salvar el más preciado: la vida. “Es impactante estar en contacto con un paciente confirmado, porque conoces lo que significa esta enfermedad y el peligro de las Zonas Rojas. Hago turnos de 24 horas de pie casi todo el tiempo, me mantengo firme porque sé del compromiso que tengo con mis pacientes. En nuestro país, desde que entramos a la universidad a estudiar medicina, siempre nos inculcan el sentido humanistas de sentir el dolor ajeno como nuestro y así lo estoy haciendo con mucha disciplina, sacrificio y entrega”.

“Cuando me puse un traje de protección personal para entrar por primera vez a la Zona Roja, me sentí orgullo y temeroso a la vez, porque sabía que me iba a estar enfrentando cara a cara con la muerte”, así me dijo el doctor Dalexis Curbelo Vidal,  otro de estos profesionales que llevan cosido al corazón la firmeza y el altruismo. Este banense en más de una ocasión ha enfrentado la covid-19 fuera del abrigo de su hogar. “El pasado año 2020, cuando el mundo comenzó a ser azotado por esta pandemia, salí a cumplir misión internacionalista a Medio Oriente,  específicamente a Emiratos Árabes Unidos, donde estuve alrededor de cuatro meses en primera línea de fuego contra esta enfermedad.”

“Después de estar en la Patria un período de dos meses, la Revolución y el deber me tocaron la puerta y esta vez estuve batallando contra la covid-19 en el hermano país de México. Estuve en el Distrito Federal aproximadamente tres meses, también atendiendo a pacientes enfermos en Zona Roja. Ser integrante de esta brigada es un orgullo, para los médicos cubanos es un momento único que permite crecernos como profesionales; además, saber que esta fue creada por idea de Fidel es algo que te hace sentir más cerca de su obra y pensamiento, es mi mayor mérito como médico”.

Nuestros profesionales de la salud entienden del alma para poder entender de cuerpos. En estos tiempos difíciles, sus acciones lejos de nuestras latitudes dan fe de ello. Refiere el joven doctor Luis Carlos Marrero Fernández que cuando llegué a Catar, “el trabajo desde el primer día fue muy arduo. Cuando entré a la Zona Roja estaba nervioso, recuerdo que me sudaban las manos, tenía la voz entrecortada, pero después todo fue pasando porque sabía de mi compromiso con mis pacientes y que salvar vidas era mi principal meta”.

“Los médicos que me acompañaron en esta avanzada en su mayoría éramos de familia y teníamos arraigado ese amor  que nace en la labor que realizamos en nuestras comunidades. Esa experiencia también es una fortaleza que nos distingue y pone en alto el nombre de nuestro país. Integrar esta brigada me permitió crecer como profesional y como ser humano, estas vivencias dejaron una huella imborrable en mi quehacer diario”.

El amor sin límites por su profesión, la firmeza y el altruismo son parte de la labor de estos cuatro ángeles de batas blancas, cualidades que los unen para seguir un mismo camino que entrelazan sus historias personales con el legado de Henry Reeve, el internacionalismo, la salud y la esperanza.

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