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Algunos grandes viajeros fueron grandes cronistas, otros ni escribieron, ni contaron, algunos quedaron en el intento de viajar, otros ni escribir sabían. No soy un gran viajero, aunque hace un cuarto de siglo que lo hago de la casa al trabajo, o detrás de la noticia, suficiente para sumar una gran distancia y para tener un caudal que me permita describir historias y vivencias, algo que disfruto.

Mi crónica de viaje esta vez empezó por El Fusil, uno de mis barrios natales. Un equipo de periodistas visitó por separado la sala de televisión “Fusil 1”, frente a la casa de Neyi, y también husmeó sobre el quehacer de la cooperativa del lugar. Luego, en grupo, fuimos a la escuelita “Cuqui Boch”, pequeña, con solo dos alumnos. Dos periodistas para el recinto. “Pobre maestro y estudiantes”, pensé yo, deberían estar aterrados. No todos soportan conceder entrevistas ni que les hagan fotos oficiales. Pero no, todo fluyó.

Para no molestar y dar más libertad y menos presión a los de la clase me refugié debajo de una mata de güiras, no de las redondas, sino de las que sirven para hacer cazuelas medianas, porque tampoco los frutos eran muy grandes. Allí se me ocurrió una crónica de cubanía de los campos banenses, cosas que he visto y nos hacen grandiosos y, al mismo tiempo, tan sencillos y amoldables.

La güira tiene tantos y tantos usos y todos válidos y útiles. La chiquita sirve como maracas y achotera; las primeras todos las conocemos por la música, las achoteras han caído en desuso ante los polvos colorantes. Estas últimas fácil de hacer y de imaginar, son igual que las maracas, pero con agujeros y granos de achote dentro.  Usted las sumerge en la comida cuando esta aún tiene líquido y luego las escurre sobre el alimento en cocción las veces necesarias, hasta que obtenga la coloración deseada.

La güira tiene múltiples variedades, las de El Fusil sirven para confeccionar jigüeras, unos platos ovalados multiusos y que antaño sirvieron de recipientes para humanos y animales. Los campesinos aún las emplean como potes para almacenar granos o líquidos.

Los artesanos las pintan y realizan diferentes cortes hasta lograr figuras decorativas que comercializan a buenos precios. Como medicina es capaz de propiciar fortaleza la fertilidad de las féminas y la limpieza del interior, como dicen los viejos que saben, entre otras facetas.

El espiritismo, brujería o como usted quiera llamar a los cultos sincréticos de origen africano, también hacen uso de ellas, secas o verdes, pequeñas o medianas, pero las piden ante determinados trabajos.

Existe la variedad denominada güiro, es más alargada y fina en uno de sus extremos, como si fuese un odre y mantiene su denominación masculina dentro de la especie. Es empleado para provocar una sonoridad muy característica e inconfundible en los grupos musicales, principalmente aquellos que cultivan la música tradicional. También al güiro lo emplean como recipiente de líquidos y sólidos y, por supuesto, en determinados trabajos espirituales.

La güira también en Cuba ha sido empleada a modo de calabazas de Halloween, es decir, huecas y esculpidas para representar rostros grotescos y que se iluminan colocando una vela en su interior, ello en las noches de brujas o para atemorizar.

Y en este estudio al que sometí a la fruta de la güira no podía faltar el uso que le daban los chicos a los gajos para fabricar bates de béisbol, dicen que es una madera excelente para ello, la flor frita en aceite luego se exprime y vierte para aliviar el dolor de oídos y vaya usted a saber cuántas aplicaciones más tendrá. Pero antes de concluir, algo que no podía faltar: La Güira también es un reparto auténticamente banense, creyente de todo esto que he narrado y generador de elementos culturales autóctonos.

Nada, que las crónicas callejeras pueden ser un reflejo tan amplio y grande de la cultura de un lugar como si se recorriesen cientos de kilómetros y todo debajo de una aparentemente simple mata de güira.  

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