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Nací en Santa Justa, rodeado de chivos y manigua, lomas blancas de cascajo, viví mis primeros años en una tiendecita intervenida que le decían “El Carrito de Cindo”. Estaba debajo de unos enormes y viejos fiscos, cerca de Biche, un querido vecino que me decía Gusanín; allí iba a diario a tomar el café que me daba Lucila, su esposa. Vivía rodeado de Díaz, Benítez, Ramos, González, Hidalgos, Figueredos y Ricardos, entre otros apellidos honrados y queridos, para mí ilustres.

Como cualquier chico, me caía bastante loqueando por aquel terreno irregular, tenía tirapiedra, carriola, velocípedo y hasta un juego de médico, profesión que no desarrollé por temor a la sangre. Pero había un radio.

Un gran radio Rodina 68, soviético, por supuesto, con varias teclas blancas y grandes, más bien parecía un piano, era un come pilas, lo trabajábamos con baterías de automóviles.  Cuando lo compraron venía protegido por una manta de lana azul de la cual me hicieron un abrigo.

Aunque la foto es tomada de Internet, este niño muy bien hubiera podido ser yo, pues está acompañado de un Rodina 68.

Creo que fue el primer gesto de la radio hacía mí, desde entonces tenemos reciprocidad casi perfecta. Nos perdonamos todo. En él escuché a El Vengador, al Capitán Alba, a La novela de las Dos, porque mi madre la oía, a Paco y Rita, Agente Especial y todo lo que coincidiera con mi permanencia en casa.

De ese Rodina aprendí a ser intruso de electricidad cuando se acercaba la hora del mediodía con las aventuras de Guillermo Santiago y el equipo no quería hablar; aquello era traumático: entre mi madre y yo lo pinchábamos por todos lados en aquella inmensa placa llena de grandes componentes, soviéticos al fin, pero duros. Cuando la rotura era mayor se lo llevábamos al difunto Viruta, Álvaro Emeldo Figueredo, vecino nuestro y que trabajó en el sistema de la radio.

Ya joven yo, el Rodina, pobrecito, había entregado todo. Lo sustituyó un legendario VEF rojo. Un compañero de estudio, creo que Nelson García, o su primo Orlenis, me dijo que se podía hablar por la radio, sin venir aquí, claro está. Había que buscar una cápsula de teléfono, la parte del micrófono, y conectarla a dos puntos de entre tantos que tenía la placa del nuevo VEF. A escondidas lo desarmé y empecé a trastear. No lo rompí, por suerte, para el cinto y para mí. Esa fue otra relación muy estrecha. Así, en una especie de audio doméstico, fue la primera vez que hablé por la radio, pero jamás pensé en alcanzarla, se veía tan lejana, solo para elegidos, pero fui uno de ellos, y no por obra y gracia del destino. No. Gracias al periodismo.

La radio me dio abrigo laboral, me enseñó cómo manejar los sonidos, sus mañas, cómo escucharlos, me dio la dramaturgia, en él me di cuenta de que es posible hacer ver con las palabras y crear estados de ánimos cuando contamos una historia bien contada.

He dado cobertura a incendios, huracanes, grandes acontecimientos sociales, he conocido a tanta gente que a veces no recuerdo nombres, he recorrido a casi todo Banes.  Pero, sobre todo, la radio me ha hecho mejor persona, más humano, sensible y analista, me desarrolló el don de escribir, de hablar no, porque siempre he sido así, mis maestros y conocidos pueden dar fe de ello.

Un radio Rodina 68, como el primero que tuve

En 25 años de trabajo hemos hecho un buen colectivo, no exento de conflictos, intereses y afinidades. Cuando alguien marcha a la eternidad entonces es que realmente nos damos cuenta de su valía, pero así es la vida. Aunque la señal viaje por el aire, la radio es terrenal.  Tiene virtudes y defectos, pero más de las primeras, y ello lo dice la audiencia, que nos oye en el día a día. Entonces, ¡qué viva por siempre la radio!, la que me ofreció el abrigo de lana azul que jamás cambiará de textura ni de color.


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