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San Blas era una pequeña comunidad medianamente poblada, cerca de El Fusil, en el corazón de la campiña banense. En tiempos de lluvias se convertía casi en ciénaga. Tenía una escuelita, la “Cirilo Villaverde”, con paredes de mampostería. El colegio en cuestión estaba frente a la casa de la familia Gandol, gente alta, casi de dos metros, con antiguos matas de fiscos (igualmente altas) en su patio, y allí íbamos a jugar los chicos a veces.

Cerca vivía Luz, una mujer humilde, que vendía chupetas de azúcar derretido en forma de conos. Entonces valían 10 centavos cada unidad. Hablo de los años 70 del pasado siglo. Ponía en el portal una vasija con agua para que los chicos le quitásemos el papel adherido a la mezcla que a veces estaba tibia aún, pero así mismo nos deleitábamos con aquel tirijala. Había que tener buenos dientes.

Muchachos al fin, uno de los momentos más felices era cuando iba un camión marca GAZ, made in URSS, de color gris, una furgoneta parecida a los que distribuyen los cárnicos. Aquel camión llevaba el cine móvil a los lugares recónditos, a barrios y comunidades rurales; también llevaban libros para vender. Al igual que hoy, no todos los chicos gustaban de leer. Craso error.

Paco Justo tenía enormes perros, de la raza pastores, bien alimentados. Los muchachos los alteraban con gritos y carreras y los canes enloquecían al otro lado de la cerca. Gracias que nunca pudieron salvar la distancia, sino algún que otro niño hubiese salido dañado.

Estaba Hermes, un hombre con problemas mentales a quienes los chicos también alteraban, y aquel lanzaba piedras que parecían cañonazos; había que correr, no recuerdo que alguien hubiese sido alcanzado por uno de aquellos proyectiles. Hermes tenía fuerza, arrastraba metales y cuanto objeto encontrara. Era una de sus diversiones, al igual que apedrear la escuela o el baño de la misma. Aquellas batallas se hacían antes de que los maestros llegasen.

Había una tienda donde los chicos íbamos a admirar los juguetes antes de la venta. Cada niño tenía derecho a tres: uno bueno, otro medio y un tercero que casi siempre eran pistolitas, bolas o pelotas. Entonces se daban números por cada niño, como un sorteo o rifa, sacando a ciegas un papelito enumerado de una caja con tantos dígitos como muchachos había. Una vez me tocó el número uno. Solo una vez. Era bonito.

Recuerdo a la maestra Denis, también a Aida. Cuando la cañada estaba con buen fango había que pasar por un pasillo de piedras. Ahí había peligro de llegar sucio al aula o a la casa. Cosas de muchachos de campo. El juego, para nosotros, era lanzar piedras cuando alguien osara llegar a la otra orilla. Debían cumplirse una serie de aspectos como suerte, habilidad o que los tiradores no lanzaran las piedras en el momento preciso. Pobres madres. En una ocasión una piedra rompió el cristal de un reloj de pulsera nuevo. El tirador y el propietario eran rubios, se pusieron rojos, imagino que uno de ira y el otro de temor. No pasó de ahí. Chicos éramos.

Existían unas historietas que se leían en matutinos y vespertinos sobre reglas de educación formal, en la mesa, en sociedad, saludos, gracias, por favores, las denominadas palabras mágicas que parece que se han extraviado.

Hoy San Blas tiene pocos vecinos, bien pocos, pero cuenta con una Sala de Televisión. Dicen que al frente de la misma hay un cementerio mambí. Dicen. También hablan de dineros enterrados. En ese entonces el suelo servía de banco. Si el dueño moría se llevaba el secreto y el escondite a la tumba. Surgían así las historias de tesoros enterrados y de muertos que lo entregan a determinados vivos, algunas fortunas, cofres, monedas y botijas condicionadas antes de ser desenterradas. Algunos han tenido suerte, otros sustos, algunos terceros ni eso, solo trabajo y sudor.

Aún quedan familias como los Silva, Zaldívar, Morera, quizás Barreda y alguna otra cuyos apellidos están fuera de mi memoria. Los tiempos cambian, a veces para bien, pero no siempre. Alguien tiene una fotografía con los chicos de aquella época. No pude reconocerme, aunque sí me llevó a rememorar estas historias. Memoria afectiva. Memorias que merecen ser recordadas.

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5 thoughts on “Añoranzas y aventuras de San Blas

  1. Muy pero muy bello vale la pena leer todo lo escrito
    Viví en comunales hasta el año 1986 hoy vivo en Camagüey y recuerdo toda esas zonas Q viva BANES

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