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De niño quedan las imágenes más sorprendentes, impactantes o curiosas. En mis infantiles correrías por Los Berros recuerdo a gente única, aunque cada ser lo es. Pero hay facetas que abundan y otras que son sublimes. Pueden ser rasgos físicos, dominios, facilidades o, al contrario, supuestas limitaciones.

Conocí a Chucho, Jesús Borrego García, un hombre alto, no tan fornido, mientras fumaba tabaco. Tenía una de sus manos diferente, había sufrido un accidente. Aquella extremidad estaba inválida.

Sin embargo, Chucho tenía fama de hombre laborioso y de los duros, de tirada larga, como se dice en el argot del campo. Una de sus faenas era tumbar palmas reales, rajarlas y luego limpiar las tablas. “Yo era un animal, tenía una fuerza terrible. Imagínate desde niño hacía todo con la mano derecha, tenía la fuerza de las dos manos en una, también fui granjero durante largo tiempo”.

Este es un trabajo peligroso que ha dejado a varios accidentados, pero Chucho dominaba el arte a la perfección. Entonces, la mayoría de las viviendas en las zonas rurales estaban forradas con esas cortezas. Dura la madera y con fibras difíciles de arrancar. Se hacía con hacha. “En un día de trabajo yo preparaba entre 80 y 100 tablas; algunos quisieron competir conmigo, pero nunca nadie me ganó. Yo era un león chico, con una mano, por vergüenza, no porque podía. Tenía que mantener a una familia”, asevera este hombre que vivía a mano derecha del camino a Tierra Blanca. Hoy lo hace en Veguitas. Hasta allí fui en busca de su testimonio, algo que de chico me llamó la atención, pero antes preguntar podía ser visto como atrevimiento o falta de respeto. Hoy es parte de la profesión.

Jesús Borrego García. Fotos del autor.

“Yo trabajaba con un hacha de cinco libras, barretas, cuñas, mandarrias, esos eran las herramientas para preparar las palmas. Yo tenía que valerme de mañas en los quehaceres porque solo era con una mano”.

Chucho formó una familia cerca de Tierra Blanca. Gente sonriente y amable. Cuando alguien pasaba por lo que se decía “El Camino Real” no faltaban los saludos y el “¿cómo está la familia”? Si  usted llegaba no podía faltar el trago de café, caliente o tibio. Los fogones de leña eran la media de aquellos lejanos años tan sanos en espiritualidad. Jardín limpio, como el interior de la casa, igual que el resto del patio. Hasta al camino de frente a la casa se le pasaba el chiribico.

Cuenta que una vez llegó a Tierra Blanca donde estaba el núcleo de la familia Borrego y “…en la casa de Mencho tenían un cerdo para matar. Andaban buscando el cuchillo y demás y yo les dije que no hacía falta cuchillo. Le di con el puño en la frente al animal que ahí mismo murió, al momento. Yo era un bruto chico, peor que un animal. Otra vez, en el carrito de Yeyo, estábamos jugando dominó. Yo me había dado unos tragos de ron. La mesa era nueva, la habían mandado a hacer en esos días. Le pegué la coyuntura y a todo lo que le di con la coyuntura cayó al suelo, el brazo se quedó atorado entre las otras tablas de la mesa”.

En lo físico, Jesús Borrego García casi no ha cambiado a la imagen que guardo de aquel Chucho de mi niñez. Aún usa camisas de mangas largas, quizás para tapar el accidente que provocó por quemadura la lesión en su mano izquierda. Por delicadeza no pregunté sobre el accidente, pero él mismo lo narró. “Fue una quemadura, estuve ingresado, acostado durante 6 meses y 20 días”.

Chucho no se sonroja narrando sus historias. Él honra su existencia con el historial laborioso que desarrolló por muchos años. La vergüenza del carácter le exigió trazar metas y cumplirlas. Eran tiempos duros que él supo ablandar. Son historias de vidas que bien vale la pena contar. Aprender no es un sacrificio. No es posible evitar que los problemas golpeen a la puerta. Pero tampoco hay necesidad de ofrecerle una silla. Jesús Borrego García lo demostró.

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One thought on “Chucho, el hombre de la mano poderosa

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