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Hay leyendas tan antiguas como las propias civilizaciones. Mitos, costumbres, prácticas pasadas de generación en generación. Unas con más basamentos científico que otras, algunas con un alto grado de misticismo, quizás cargadas de arrebatos ante un momento sublime. Algo así como “creer en Dios (o la entidad de su preferencia) cuando truena”.

Precisamente, esa actividad de descargas eléctricas provoca no pocos manifestaciones para tratar de alejarlas, o al menos tener un amparo de la providencia divina. Hay quien hace una cruz de ceniza en el patio y en el centro entierra un cuchillo. Otras prácticas aconsejan poner un tenedor y un cuchillo en cruz o poner al hijo mayor con el trasero en dirección a la turbonada.

Están los rezos e imploraciones, mi madre dice con las manos en la cabeza: “Ay, Dios mío, ten piedad de la humanidad”, y empieza a rezar, pero cuando cae un rayo lanza una exclamación y tiene que empezar nuevamente con la plegaria.

Hay invocaciones según regiones, niveles culturales o tradiciones poblacionales: “Con dos te mido, y con tres te parto, en nombre Dios y del espíritu santo”, escuché decir en Las Tunas, mientras con un cuchillo se hacía una cruz en el aire, en dirección a la tempestad.

Poner una tijera abierta con las puntas hacia el negro nubarrón dicen que “ahuyenta” la tempestad; a ello hay que sumar poner en la casa un vaso de cristal con agua y una cuchara dentro.

También sé de castigos que no fueron juegos, como una madre que castigaba al hijo enviándolo debajo de una palmera o cocotero cuando tronaba. Cuando el chico hacía alguna travesura, la mujer solo decía: “Deja que truene”, e iba acumulando para cuando llegase la ocasión. Duro castigo, casi una ejecución dejada a la suerte.

Son muchas las leyendas, creencias y prácticas. Por ello, ahora que la temporada de lluvias dio inicio es nuestro país, y con ella las descargas eléctricas, tenga bien presente que no basta solamente con encomendarse a fuerzas sobrenaturales.

Lo antes mencionado forma parte de nuestra cultura, principalmente en nuestros campos, pero de seguro, cuando truena en verdad, hasta los más valientes sueltan la cuchara, levantan los pies y se arrinconan. Y  aunque algunos no las practiquen, al menos cuando el relámpago alumbre, cerrarán los ojos.  

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