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Tomaba sombra frente a una escuelita: parte del patio de tierra, parte de concreto y un área de yerba del jardín. Había llovido. Los chicos, maravillados, estaban en el receso, se comportaban al natural, un constante correr y gritar, creo que deben ser las dos acciones que más se realizan en ese momento.

Pero, por suerte para unos y no tanta para otros, el receso acabó y había que reincorporarse a las aulas. En mi monotonía de espera me fijaba en cómo la maestra se empeñaba en que los chicos se limpiaran los enfangados zapatos correctamente en el verde y tupido césped. Unos lo hacían bien, otros con dificultad, al final quedaban los rezagados.

Para algunos niños la acción demostraba falta de costumbre y habilidad, pero había que hacerlo. Para la maestra era como cuidar de pollos y paticos. No había maltratos, ni coscorrones, tampoco palabras fuertes o gritos. Cari, la maestra, tiene paciencia, profesión y amor. La historia puede parecer normal, común, necesaria y muchos adjetivos más.

Pero tiene una lógica, una enseñanza, una educación. Hay hogares que no enseñan todo lo que se puede y debe. A veces los padres tomamos rienda en todo, incluso allí donde debemos dejar que el chico aprenda. “Vete a jugar que yo lo hago”, decimos. A veces la tarea queda en el olvido y al otro día aún los zapatos están sucios. ¿Quién no lo ha vivido?

La escuela enseña, esa es su función, pero la casa también, no podemos dejar todo al maestro. Hay aspectos básicos que no vienen en los planes de clases y sí son necesarios para mañana cuando esos pequeños sean hombres y mujeres. Ahí viene una parte de la educación, la que se debe forjar desde la cuna.

Hay personas respetables, profesionales, intelectuales, pero que olvidan algo tan esencial como la limpieza, respetar el trabajo de los demás, mantener la higiene donde estamos, limpiarse los zapatos, las manos, no arrojar papeles, desechos o realizar cualquier otra acción incorrecta.

Ahí también deben fusionarse el hogar y el aula. No es solo ayudar a los hijos en la tarea, la investigación o en poner forros a los cuadernos. Es preparar la ruta de la existencia de manera adecuada, hacer hombres y mujeres de bien. No es soltar a un ser para que se integre a una tribu y mucho menos a una manada. Hay que prepararles para vivir en sociedad, y que sea en positivo.

Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana, e intercambiamos dichas manzanas, tú y yo seguimos teniendo una manzana cada uno. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea, e intercambiamos dichas ideas, entonces tú y yo tendremos dos ideas cada uno.

Educar en toda la extensión de la palabra es algo aparentemente fácil, pero en la realidad es tan difícil como barrer bolitas cuesta arriba. “Hay quienes cruzan un bosque, y sólo ven leña para el fuego”, escribió el gran novelista ruso León Tolstoi. Y no debe ser.

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