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Casi todos los trabajos en la cosecha cañera son duros. Hay turnos nocturnos, otros que trabajan de madrugada. Cuando hace frío, el metal de las máquinas parece hielo. La tierra, la paja de caña y la luna se tornan cómplices del aire frío que cala los huesos de quienes no laboran en equipos climatizados, como las viejas combinadas cañeras KTP, fabricadas en Cuba hace muchos años.

Una de esas es conducida por Daniel Quiñones Tamayo, operador de la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) “26 de Julio”, del  municipio de Banes. “Yo regresé el pasado año porque estuve fuera algún tiempo. Cuando todo funciona bien podemos enviar al central hasta 3 camiones porque la distancia es larga”.

Las KTP fabricadas en Holguín datan de los años 80 del pasado siglo, pero el apego y el conocimiento de los choferes y mecánicos las mantienen con vida. “Son equipos muy viejos que constantemente presentan problemas, hay que estar arriba de ella para que no se paren, pero este año se hizo una buena reparación y las máquinas están respondiendo bien”, dice Quiñones. Pero no solo las cosechadoras peinan canas en la cooperativa, también están los viejos Zil-130, conocidos como V-8 por la cantidad y forma de distribución de los pistones en el motor. Al parque automotor se suma un viejo camión japonés marca Hino, que pese a la edad se mantiene tirando caña.

En una jornada ordinaria de zafra no hay descanso. El día parece avanzar más que en otros escenarios. Al mediodía, cuando “el sol aprieta”, como dicen los hombres de campo, el cañaveral asfixia y los equipos exhalan un jadeo ardiente como si fuesen dragones de hierro. Hay olor a metal, a goma y a cables recalentados. Los radiadores de las cosechadoras hierven y algunos motores se ponen majaderos. Les sube la temperatura y hay que esperar a que se refresquen.

En Banes, durante la zafra azucarera, vienen pelotones de combinadas de Tacajó con sus cosechadoras brasileñas modernas, marca Key, las que están climatizadas y tributan a grandes transportes. Todo ese personal necesita de atención, control, estadísticas. Enrique Seara Infante es jefe de turno, quien dice estar “guapeando con lo que haya, la situación está difícil, pero con la ayuda de todo el mundo salimos adelante. Los cocineros aportan especias para la cocina nómada, a veces los costos de los alimentos se elevan, pero tratamos de que la alimentación no supere los 5 pesos y que esté balanceada. Cocinamos con un fogón de petróleo y aire y contamos también con una cocina de gas. Este último lo empleamos por la madrugada, cuando llegan los choferes a comer, que a veces lo hacen tarde, para mantenerles la comida caliente”.

Hacer zafra, producir azúcar, es una cultura que ha ido sufriendo cambios para bien. Hace algunos años, la noche anterior al corte, había que afilar la guámpara, especie de machete, más ancho y corto que el usual. En las madrugadas las espinas del cogollo parecían agujas y las ampollas apenas dejaban cerrar las manos enfundadas dentro de unos guantes con olor a cimarrón, olor a sudor, a guarapo, a trabajo, a duro trabajo.

El azúcar tiene varios precios, y también costos, no solo en el mercado, sino también en lo humano, lo familiar y lo cultural.  

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