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Conocí a Venturita cuando iba a buscar los mandados a la tienda de El Fusil, comunidad rural de este nororiental territorio. “Mandados” era el término con que se les denominaba a los productos de la canasta básica familiar. Todavía hay personas que se expresan así. Entonces el dependiente era Aurelio Pupo, el padre del músico banense Tomás Pupo.

Venturita parecía que era de descendencia haitiana o jamaiquina. Quizás sus padres fueran traídos directamente de África hasta aquí. No lo sé. Pero Petra me afirmó que su origen era afrocaribeño y esta morena espiritual que hoy vive en Veguitas conoció muy bien a la familia Patterson, a la cual pertenecía el hombre de esta historia.

Recuerdo que tenía una malformación en uno de sus brazos. Venturita no montaba en ómnibus, incluso cuando Aurelio, el dependiente, le instaba a que lo hiciera y que él le abonaba el pasaje. En los años 70 y 80 del pasado siglo, de El Fusil a Los Berros lo más que valdría el pasaje eran 10 centavos. Tal vez cinco. Ventura ofrecía una negativa rotunda. Me voy a pie. Se reía como los taitas de las novelas.

Aurelio Pupo, el dependiente, jaraneaba con él cuando el hombre venía a la bodega a buscar el pan. Contaba Aurelio que Venturita quedó lisiado debido a un accidente. Primero fue un error mental y luego la acción y reacción de las leyes físicas.

El hombre subió a un árbol y cortó una rama en el segmento que se encontraba entre el tronco y él. Cuando el acero hizo suficiente mella en la madera, el gajo se precipitó a tierra con el hombre encima y con la caída sobrevino la fractura y al parecer el traumatismo que le dejó la invalidez en una de sus extremidades. Contaban entre risas que en ese momento Venturita dijo: “Seré vaina, caramba”.

Venturita era un buen hombre. Nunca lo vi enojado, no creo que tuviera inutilizado ese estado de ánimo, pero se caracterizaba por una eterna sonrisa, una amabilidad extrema y la disposición de saludar siempre a todos los que se encontrara en sus frecuentes y diarios recorridos. Me contaron que eran cuatro hermanos varones, había también una hembra, y que era una familia trabajadora. Me afirmaron que cuando la compañía dominaba los procesos cañeros de estos lares, los Patterson tenían cuenta abierta en la tienda conocida como “De Luis Manuel”, en el Way. No había temores. Ellos luego pagaban con el dinero ganado con el sudor.

Evidentemente, y sacando conclusiones, las personas buenas y sanas quedan en el recuerdo con mejor ubicación que las tóxicas. Los seres negativos puede que no se olviden en quienes dejaron su marca. Pero son acomodados inconscientemente en el estante más lejano y oscuro de la memoria. Es como si no existiesen. Mientras más malas experiencias vaya el individuo acomodando mayor será el polvo de la historia que cubra lo indeseable.

El buen Venturita tal vez no olvidó jamás aquella infantil caída que le provocó una huella física, pero con su accionar debió tener otros miles de dulces y agradables momentos ofrecidos por quienes le conocieron.

Aquel afrodescendiente con el brazo mutilado era feliz, quizás, no por lo conseguido en el orden material, sino porque disfrutaba lo que tenía. Ahí contaban los gestos auténticos y misericordiosos que le ofrecían vecinos y conocidos.

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0 thoughts on “La desventura de Venturita

  1. Venturita es uno de los personajes de mi niñez, lo recuerdo poco porque era pequeña cuando murió, pero sin dudas fue de las personas que dejó huellas en aquellos que lo conocieron de cerca.

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