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La única hija de mi única hermana sanguínea discutió su título de doctora en medicina. Atrás quedaron seis duros y difíciles años de estudios, horas sin dormir, estrés asfixiante, profesores más difíciles que lo ordinario.

Un quinto año que culminó con un embarazo, un sexto año que no pudo iniciar cuando debía por dos enfermedades neurológicas, como si con una no hubiese bastado. Pero pudo ciencia y voluntad. Se aferró a la vida y a la carrera. Llegó a la meta. Solo un punto por detrás del 100. Un 99 que supo a gloria salido de un jurado integrado entre otros por los doctores Ana Douglas y Rúbert García.

En la graduación, la Douglas recordó aquella década de los 80 en los preuniversitarios de Godínez y Fustete. Personajes, estudios, cosas de la época, una generación buena. No pongo en tela de juicio a ninguna otra, pero aquella lo fue especialmente.

El doctor Rúbert destapó una faceta que pocos conocen. Sé de su amor por el deporte y conocimientos sobre diferentes disciplinas, estadísticas y demás. Pero él también practicó béisbol, de cuando se jugaba duro y con amor. Eran años cuando había competencia por doquier y los campos se llenaban sin importar que fuera en Deleyte, Mulas, Los Pasos, Los Berros o Cañadón.

El doctor era buen pitcher y buen bateador, si no podía conectar duro, tenía ingenio para tocar y embasarse. Ojalá se hiciera hoy en todos los niveles de nuestra pelota.

Rúbert también nos narró su amor por el básquetbol. Hizo equipo en un partido amistoso entre Haití y Cuba cuando cumplía misión en el casi siempre agitado país caribeño. La primera canasta fue del reconocido clínico, quien también había representado a otros equipos cuando más joven.

Hay otras historias, hay curiosidades que más adelante escribiré porque vale la pena. Esta es solo una reseña de un momento agradable, bonito y que por supuesto no es único. Es el orgullo de una familia y de muchas otras cada día que se discuten títulos. Ojalá que la virtud se reproduzca en cada graduado para bien de todos. Dijo un sabio: “Debes caer para saber lo que es levantarse, debes quedarte solo para apreciar la compañía y debes llorar para saber lo que es reír”. Es posible. Recuerde que usted no es lo que le sucedió, usted es lo que eligió ser.

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