Read Time:3 Minute, 59 Second

Mi abuela materna no era rica, vivía con mi abuelo en una casa con techo de guano y paredes de tablas de palmas por allá, por Los Berros, en una comunidad ya inexistente llamada Tierra Blanca. La cocina estaba forrada de yagua, doble, fuerte, limpia, pero yagua al fin. En ella tuvieron cinco hijos, cuatro hembras y un varón.

El piso era de tierra que mi abuela mantenía a nivel raspándolo con un cuchillo y, agachada, lo baldeaba a mano con arena de río o buscada de las que dejaban los torrentes de agua de lluvia en los caminos cuando llovía. En aquella casa de dos cuartos no había ni un solo equipo electrodoméstico. El reloj era ruso, de cuerda, tictac, tictac… Quizás marca Slava, quizás Poljot…

Se cocinaba con leña en un fogón que parecía una mesa y cuya superficie era blanca. Mi abuela baldeaba con tierra blanca aquel espacio que no por estar cerca de la madera en combustión, el humo y el tizne, tenía por qué estar negra. La olla de presión lucía impecable, no era puesta directamente a las llamas que tiznaban, sino sobre una superficie de metal, una lata de gas recortada, como decían entonces. Corrían los años 80 del pasado siglo.

Aquella mujer de casi un metro 90 de altura preparaba por las tardes la comida de las aves de corral para el siguiente día. Yuca machucada con dos piedras al más puro estilo indígena, o coco igualmente fragmentado cuando la cosecha del maíz no había sido buena. Por las mañanas el patio era una verdadera congregación de gallinas, guanajos y cerdos. Muchas veces sumando todos los animales superaban el centenar.

Se lavaba en el río lejano, con paleta de madera, sobre una piedra plana y, tanto en la ida como en el regreso, la ropa era llevada en una batea de madera que mi abuela cargaba sobre su cabeza. Fuerte la mujer, descendiente de canarios, creo, pero persistente como una gallega. Las metas las cumplía.

Mi abuelo, campesino, proveía la casa de comida que, en casi su totalidad, salía de sus tierras cultivadas en lomerío y de pocos nutrientes, pero la voluntad y el conocimiento se imponían a las dificultades. Recuerdo que un almuerzo simple podía ser potaje con algo dentro, arroz blanco, boniato de una variedad que había todo el año y quizás huevos hervidos. ¿Cuántos huevos? Los que uno quisiera. Digo potaje con algo dentro porque encima del fogón de leña casi siempre había carne ahumada o curada colgando en una varita, estaban las latas con manteca de cerdo con chicharrones y masas fritas. Siempre colgando, no había refrigerador, tampoco comían con aceite, todo era con grasa de cerdo.

El bungo rodeaba el platanal a modo de cortina rompevientos y contra plagas, decían; maduro era para los animales, o alguna vez frito. De noche se reunían los compadres y vecinos y se repartía turrones de coco, dulce de leche, gofio, algún otro dulce de frutas y siempre café. Si hacía frío, entonces chocolate. Se hacían historias de aparecidos, sucesos incomprensibles y otros que se entendían muy bien. Eran los boletines de barrios.

Mis abuelos maternos, Adelina y Pepe.

Mis abuelos rezaban antes de acostarse, creían en un ser divino y jamás de los jamases les escuché una palabrota ni tampoco palabrita, aunque hubiese un golpe terrible en un dedo o en la cabeza. Ese lenguaje estaba desterrado o no fue aprendido, y si lo fue, pues entonces fue olvidado. El viejo Pepe ponía los zapatos en cruz, decía que así se evitaban las pesadillas, las que le eran recurrentes; el buen hidalgo era, por demás, sonámbulo.

No escuché nunca ofensas, ni habladurías sobre vecinos, iban a ver a los enfermos del barrio y no precisamente con las manos vacías. No sé cuántos ahijados tendrían. Por las tardes mirábamos el cielo para descubrir animales o semejanzas de personas en las nubes. Se tenía control del regreso de cada animal a la hora de dormir, con una sola mirada bastaba para pasar lista y descubrir al ausente que pocas veces era por hurto. Casi siempre eran gallinas que se quedaba echadas para encubar los huevos.

¿Hasta qué grado estudiaron? No lo recuerdo, pero mi abuela tenía excelente ortografía, pintaba bien fijándose por los libros, era ávida lectora. Ambos eran sumamente educados y daban amor, mucho amor.

De mis queridos abuelos, no sé si eran pobres o ricos, pero a quienes les conocieron les dejaron una enorme herencia moral. ¿Por qué los traigo a esta crónica? Porque hay riquezas sin oro ni ostentaciones. Hay caudales de valores y de buenas acciones que no caben en bancos ni cajas fuertes. No es delito apoderarse de ellas, tomarlas, emplearlas, ni siquiera hay que pedirlas. Solo una condición: aprenderlas y usarlas.

[ABTM id=2483]

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

2 thoughts on “La herencia de mis abuelos

  1. Mucho ha cambiado y continúa cambiando en el mundo material. Pero, en el mundo de los valores y la familia, como usted dice, transmitimos el mismo amor, cuidado y consideración de generación en generación.

  2. Orestes, hasta he llorado con tu cronica, me vi tan identificada con ella, vivimos la misma niñez, en el mismo lugar con tan buenos recuerdos de nuestros ancestros tan poco ilustrados y a la vez tan educados, creeme volvi a mi infancia, gracias amigo por traer a estas paginas valores que se han deteriorado en nuestra sociadad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

tres × tres =