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A Abelardo Velázquez Santana lo conocí hace varios años, más de 10. Su ayuda me resultó de inestimable valor en un momento en que me enfrentaba a una misión difícil, desconocida en magnitud para mí, compleja y seria, muy seria. Sobre mis espaldas recaía la responsabilidad de dirigir y organizar un proceso electoral en el consejo popular de Deleyte, un territorio amplio, con rasgos de ciudad y mucho campo, campo intrincado, comunidades distantes y con una población de nivel cultural demasiado variopinto.

En esas condiciones conocí a Abelardo, quien me prestó sus conocimientos de autoridad electoral en la base, fue guía, consejero y coordinador. Años después, hace unos días, me reencontré con este educador incondicional, amante de su profesión. “Voy a cumplir 65 años de edad, de ellos he dedicado 47 a la educación en la escuela José Ramón quintana, de Deleyte. Ahí he estado toda mi vida desde mi juventud. A los 15 años comencé a trabajar, pero como no tenía edad laboral tuve que hacerlo voluntario, y desde entonces me he desempeñado como maestro primario, en lo que soy licenciado”.

En la vida hay momentos duros, y la década de los 90 lo fue. “Mientras muchos se fueron o pensaban irse del sector yo me mantuve ahí, firme, ya casi estoy al jubilarme, pero sigo luchando.” Pero el amor es agridulce en cualquiera de sus manifestaciones, es decir, hay momentos sublimes y otros que parecen no tocar fondo jamás y te hace creer que llegarás al abismo. Es que así es la existencia misma, más aún cuando se trabaja con diferentes directivos y subordinados, presión por encima y por debajo. Pero el amor ganó, la gratitud impera”.

“Cuando salgo a la calle los alumnos que he tenido me saludan y me preguntan por la salud, cómo anda esto, aquello, gente mayor ya, que no me dicen mi nombre, sino Maestro. Eso es algo que siento y que llevo por dentro. Si volviera a nacer fuera maestro otra vez”.

Siempre listo a dar el frente a los problemas y tareas, Abelardo ha trabajado en diferentes comisiones electorales. Le recuerdo por su trabajo organizado, digno de fiar, cuando llegaban sus documentos podían aceptarse con los ojos cerrados porque ahí no había errores, ni tachaduras y mucho menos cifras en discordancia. Su actitud ante el trabajo es seria, le gusta la exquisitez. “Me gusta enseñar, educar, ver a los niños aprender, eso impulsa a uno a seguir luchando, da fuerzas. Mira al país, está presentando dificultades, es cierto. Tenemos mil cosas detrás, que un ciclón, que la covid, esto o lo otro, el enorme bloqueo norteamericano que sí hace daño, pero mantenemos muchas cosas muy buenas. Le voy a poner un ejemplo de la Salud Pública: mi hermana tiene insuficiencia renal y todos los martes, jueves y sábados viene un taxi a buscarla a la casa, la llevan a Banes, le hacen la hemodiálisis y luego la regresan a su casa. No tiene que pagar un centavo. Por eso es que tenemos que defender esto y seguirlo defendiendo”.

Allí en su casa, frente a la escuela que le recibe con los brazos abiertos cada día, dialogué con Abelardo, él sentado junto a su esposa, sonriente, alegre por repasar momentos en que se ha sentido útil y que lo ha sido. Breves momentos, diría yo, porque personas así son útiles toda una vida, e incluso después de ella siguen aportando con su ejemplo.

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