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Recuerdo que cuando estudiaba en la Secundaria, en la escuela Batalla del Uvero, los tanquistas “casualmente” paraban sus máquinas de guerra frente a al centro escolar, supuestamente para echar agua a los radiadores y refrescar las moles de acero.

En su mayoría eran mozalbetes que pasaban el Servicio Militar en una unidad cercana a la escuela, ávidos de mostrar su gallardía ante quienes estudiaban allí. En los varones, el ruido y el humo fascinaban. Era todo un espectáculo.

Donde ruge un tanque de guerra impresiona, sus orugas dejan marcas en el suelo y la fricción de los hierros produce crujidos únicos al oído. Neno fue tanquista, aún guarda una foto donde tiene puesto el típico casco con auriculares. Sin embargo, no se jubiló como tal. No se dejó subyugar por los pesados aparatos de por vida. Increíblemente, cambió la rigidez de los mandos de conducción del tanque por la no menos rígida disciplina que impone trabajar la agricultura.

“Empecé a trabajar a los 13 años en lo que era caña y agricultura con mi padre. Luego pasé a realizar operaciones en la Sierra del Escambray. Después estuve 10 años en el ejército, ocho como tanquista. Estuve en la brigada invasora «Che Guevara» para tomar parte en la zafra del 70. De ahí pasé para Frutos Menores, nombrada EMA. Estuve 21 años ahí hasta que me jubilé”.

René Quiñónez González es el nombre de Neno, quien, al igual que las orugas de los tanques, dejó su huella en la agricultura. “No es menos cierto que cuando un hombre hacía una norma yo hacía cuatro o cinco”, confiesa con orgullo. Dicen que era de tirada larga. Empezaba temprano y era de los últimos en irse a casa.

Neno no es un hombre que impresiona por su tamaño ni por tener una constitución de practicante de halterofilia. Tampoco es un varón enjuto. ¿Dónde radicaba su fuerte paso y el gran rendimiento laboral? “Creo que yo lo que hacía era aprovechar el tiempo. Ahí tengo una parcela para aportar y comer. Para la casa. Ese es mi historial”.

Neno, el de El Fusil, así le conocen a René Quiñónez González, un hombre que siempre enfrentó retos duros y pesados, pero que siempre venció. Hoy se le puede ver en las tardes sentado a la sombra de los pinos, frente a su casa, sin camisa. Mucho sol cogieron sus e

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