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El primer maestro que tienen los chicos son los padres, solo que a veces lo olvidan y, en vez de enseñar buenos modales, muestran los caminos torcidos. Luego dicen que árbol que nace torcido jamás su tronco endereza, y no es así. Sucedió que los padres criaron al chico como un bonsái, dándole una figura grotesca, pero en lo interior, en sus sentimientos, y ello es peor que si fuese torcido por fuera.

Recuerdo cientos de ejemplos, historias y anécdotas donde padres y abuelos le exigen violencia al chico: ¡Si fulano se mete contigo, rájale la cabeza con una piedra o métele un palo en la cabeza! Evidentemente, el instinto de las cruzadas persiste a miles de kilómetros y a muchos siglos de aquella arremetida violenta desde Europa contra los musulmanes.

Otro tanto sucede con papá, abuelo, e incluso mamá, cuando preguntan al chico qué le va a hacer a la muchacha, no importa que sea una vecina o alguna niña imaginaria. Ya todos sabemos el juego de los deditos. Alguien decía hace unos días: “¡El niño está enamorado de la vecinita, mira como la mira y le saca fiesta!” ¿Y qué iba a ser el nené?, pregunto yo. ¿Leer? ¿Irse al parque? No. Esa es su comunicación y su manera de manifestarse ante determinados estímulos que va descubriendo en el crecimiento.  Si no lo hace, entonces piensan que el chico tiene problemas, y tampoco es así. Cada quien va formando su personalidad.

Pero regresando a la relación hogar-escuela, el primero debe asumir su rol. Hay padres con mínimo nivel de escolaridad, pero muestran una lógica adecuada y sensata hacia el sistema de enseñanza, motivan, ayudan y buscan medios, a veces casi inalcanzables, para que el chico sea feliz en el aula, para que no vaya a menos. Hogares donde se aprietan el cinto y salen adelante. El futuro les recompensa casi siempre con un buen estudiante y luego con un profesional brillante.

Otros senos familiares, por el contrario, compuestos por profesionales y con una economía de notable entrada, obran diferente. No preparan el futuro de los hijos, no ayudan a la escuela, quitan la razón al maestro y hasta obstaculizan la gestión del centro de enseñanza. La novela cubana de turno muestra ejemplos fehacientes de cuánta torpeza se puede hacer.

Lo peor es que, en este último caso, se deforma el carácter de los hijos, cambian las aspiraciones y metas, se crece sobre bases violentas, sin rasgos de humanismos y luego también viene la cosecha. Hijos que no trabajan, con problemas de conductas donde quiera que estén y que no desprenden amor precisamente. Tampoco lo merecen y vienen a ser los indeseables del barrio, o de donde estén, aunque tengan una billetera abultada.

Sabemos que en tales situaciones también existen otros seres que se les acercan por interés, por viveza y por beneficios económicos. Seres que casi siempre son semejantes al individuo en cuestión.  Tengamos presente que quien tarde aprende, sabe inútilmente. Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos. La educación sí es vital… La cuna es la primera aula, la casa es la primera escuela, nuestros padres los primeros maestros.

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