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Milicias campesinas. Cuadro de Servando Cabrera Moreno.

El hombre no quiso que yo le grabara el testimonio de su vida. Él era un niño de campo, criado como eran los niños campesinos antes de la alborada del primero de enero. Se bañaba en una charca de agua entre dos cañaverales y como jabón, cascajo, es decir, fango amarillo; se sentaba por las tardes en un tronco junto a sus hermanos a comer caña y los montones de bagazo crecían por días entre las moscas, los perros y algunos cerdos, que por las noches dormían debajo de las hamacas, como una sola familia.

Como ropa, una sola para el que se enfermara o para quien tuviese que ir a algún lugar. Cuenta que una vez fue a la tienda y se encontró un par de zapatos en el basurero, propiedad del hijo del tendero. Aquello era un tesoro, sus pies no conocían de las comodidades del calzado. El dueño del negocio lo echó a fajar con otro muchacho. Quien ganara tenía como trofeo los zapatos. Mi testimoniante, haciendo un gesto de fastidio, dijo: “¿Qué voy a ganar? Quedamos empatados, nos dimos trompadas como locos y al final, empate”. Cada uno se quedó con un zapato que él primero usó en un pie y luego en el otro, y hasta los hermanos lo probaron. Así fue la vida de aquel niño campesino, pobre, sin tierra, que pudo ser el retrato de muchos.

Obra del artista de la plástica cubano Servando Cabrera Moreno.

Hoy, el campesino es otro. Aunque algunos siguen siendo humildes, no son pobres. El hombre de campo se caracteriza por ser fuerte de físico y de mente. Un poco porfiado, creyente, amante del tabaco y del cigarro, del café caliente, del fufú de plátano, el potaje y el huevo frito. Le gustan las pelas de los gallos finos y también el trago el fin de semana. Prefieren para trabajar las botas de agua, la ropa verde olivo, y aunque no vayan a cortar nada, traen el machete a la cintura. Claro que ese guajiro se ha modernizado, pero sin perder la esencia. Les encantan los caballos inquietos, los sombreros de paño, y si es con cinta roja, mejor, los botines de cuero, los pitusas y las camisas de cuadro, si es en una carrera de cinta, ya están a gusto.

Creen en las apariciones, en los jigües, los muertos y los dineros enterrados. Sueñan con que llueva y aunque usted los vea delgados, están sanos, fuertes y saludables. Son celosos con la mujer, las hijas, la finca y hasta con los animales. Se cuentan historias narradas de generación en generación y toman el café en jarro. El pilón en un rincón, el colador de bolsa, el ajo colgando en ristras en el rancho o en una esquina y hasta escuchan novelas por la radio.

Esos son los guajiros de hoy, hombres cuyos ancestros pasaron trabajo con la tierra y con la vida. Y todo para poder vivir. Los de hoy conocen esas historias, y no aceptan su regreso.

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