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En la novela brasileña de turno, un personaje afectado mentalmente recuerda su gran amor, entre otras cosas, por el aroma, único, agradable, seductor. Puede ser real. Son los olores quizás uno de los aspectos que mejor quedan grabados en la memoria de algunos. De hecho, en el marketing de cosméticos y perfumes los especialistas trabajan con ellos.

Recientemente en la placita que está detrás de la pescadería sentí un olor único que me llevó a una infancia para mí aún cercana, aunque la edad diste las épocas. Era melón de castilla, un fruto visualmente parecido a la fruta bomba, pero de olor peculiar y agradable. Pedí semillas y me ofertaron dos melones de merma para que intente tener mis propios frutos. ¿Quién los cultivó? No sé. Como tampoco sé de dónde los trajeron, pero es un logro haber rescatado un olor y un sabor de antaño, típico de nuestra cultura gustativa, aunque según el nombre lo trajeran del Reino de Castilla.

Indistintamente, y sin tesón ni seguimiento, se ha hablado de la necesidad de rescatar las plantaciones de frutas. El trópico se distingue por la diversidad de formas, olores y sabores. Productos sanos, medicinales y ricos en todos los sentidos. Heredia, Regino Eladio Botti y otros grandes hicieron referencia a ellas en sus obras.

Melón de Castilla

Hoy, las frutas se ven relegadas ante la sed de la comercialización de las viandas. Quedan en el olvido y se van perdiendo la naranja de injerto, la toronja, mandarina, anón, mamón, mamey zapote y de Santo Domingo, níspero, guanábana, mangos de clase como el bizcochuelo o el manzano, los guineos Johnson, enano, manzano, morado y hasta la ciruela, cuyos troncos antes servían para postes en las cercas que delimitaban las fincas.

Frente a mi casa, de chico, allá en El Fusil, vivía el viejo Julián Zaldívar, en su finca había mucho de lo extraño y bueno para el paladar en lo que a frutas se refiere. Cuando alguien le preguntaba que, si por casualidad, él tenía X fruta en su finca, él decía: “por casualidad no, la tengo porque la sembré”, y la ofrecía. El hombre era todo un hidalgo al igual que su compañera Cano, como le decían a Encarnación, el amor de su vida.

Las plagas, la falta de semillas, la pérdida de esa cultura y hasta la vagancia atentan contra los frutales. Hay quien dice para qué voy a sembrar tal o más cual planta si no voy a comer de ella, pero bueno, alguien sembró el mangal del cual tomamos algún que otro fruto. Debemos corresponder con el paladar de las futuras generaciones.

Si el melón que vino del Reino de Castilla fue rescatado y tiene excelente comercialización, ¿por qué no apostar por otras frutas tan o más seductoras que el que trajeron de España? Más allá de políticas agrarias y productivas, es bueno acudir a la conciencia familiar para seguir siendo nosotros mismos. El sabor también es cultura.  

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