Read Time:7 Minute, 10 Second

Una fina llovizna caía persistente. Volodia acercó la mano temblorosa al botón rojo, para retirarla inmediatamente como picado por avispa. Repitió una y otra vez la acción, hasta que finalmente logró presionarlo. Una fuerte explosión y un zumbido insoportable que taladraba su cabeza fue todo lo que sintió.

Unos días antes lo habían llamado para cumplir una misión. Recordó la larga y escabrosa travesía y los golpes constantes de las olas al chocar con el  casco del barco, que en ocasiones parecía como si un hilo invisible lo suspendiera por unos instantes para soltarlo luego a la furia del océano. Evocó su llegada al puerto, el recibimiento fraternal que le tributaron, y luego la partida a su destino. Vio rostros barbudos y enérgicos de hombres decididos, que a pesar del peligro inminente en que se encontraban llevaban una vida casi normal, alterada solamente por el movimiento ocasional de tropas y de milicianos que montados en camiones y entonando marchas de combate, se dirigían a las costas a cavar cientos de miles de metros de trincheras.

Volodia había llegado por la noche, bien tarde, a su puesto. Al amanecer, y aún sin reponerse del cansancio, comenzó a instalar su pieza de artillería debajo de una arboleda frondosa que le había servido de techo durante la acampada. En difíciles condiciones de campaña, permaneció allí durante largos días. Aún no se había acostumbrado al fuerte calor del trópico, a la picadura de los mosquitos, a los sonidos irreconocibles de la noche, ni a las inclemencias de un clima rebelde y benévolo como los habitantes de aquel país de Las Antillas. Sabía que se encontraba en Cuba, en la zona de La Anita, en Banes, en la provincia de Oriente, y en una nación que estaba en pie de guerra.

Monumento erigido en La Anita, en el nororiental municipio de Banes, en el mismo lugar donde estuvo emplazada la batería antiaérea que derribó el avión espía norteamericano U-2 el 27 de octubre de 1962 durante la Crisis de Octubre o de los Misiles.

Esa mañana mostraba un cielo gris, como si presagiara un trágico suceso. Volodia miró el calendógrafo de su reloj, marcaba el 27 de octubre de 1962. Luego observó la hora; 10 de la mañana con 17 minutos. La suave llovizna caía en su rostro… y de pronto la orden: ¡fuego!

Volodia, anonadado, aún apretaba el botón rojo. El cohete antiaéreo partía raudo en pos del objetivo, dejando tras de sí una nube de vida y muerte, y segundos después se precipitaba despedazado el avión espía norteamericano U-2, que violó el espacio aéreo cubano. La Crisis de Octubre o de los Misiles alcanzó su momento más dramático. El mundo quedó en vilo.

……….

Alejandro Pupo Quevedo recordó aquellos momentos amargos cuando casi se desata una guerra nuclear. Su vivienda, ubicada en el barrio de La Anita, estaba muy próxima a la base soviética de cohetes antiaéreos, cuyo acceso era rigurosamente limitado. 

“Un día en que yo estaba en el monte cortando leña  –comenzó su relato- al regresar me llamó la atención un yipi estacionado prácticamente en medio de la manigua. Saludé a las personas paradas junto al carro, pero me contestaron en una lengua extraña, y me dije: ¡Caray!, estos son extranjeros…

“Como a los siete u ocho días comenzaron a llegar una enorme cantidad de máquinas y carros forrados. Era de todo tipo. Yo estaba de guardia en el pequeño cuartel de la milicia y nos pidieron ayuda para descargar los equipos y grandes cantidades de armas. Fue así cómo me enteré que eran soldados soviéticos.”

“Se internaron en el monte y comenzaron a trabajar, pero nadie por aquí sabían lo que estaban haciendo… ni de noche paraba el ruido de los motores de las máquinas. Pasado un tiempo, muy corto por cierto, vinieron unas enormes rastras, todas tapadas, y para nosotros aquello era un misterio. No sabíamos lo que traían y, además, allí nadie podía entrar. Ya todo estaba bien cercado.”

“Desde mi casa yo veía escondidos dentro de la alta maleza unos carros que parecían tanques de guerra, y cuando daban alguna alarma comenzaban a levantarse unas puntas que se movían para cualquier lugar, pero como la mayor parte de las veces estaban escondidas, nosotros le decíamos las guanajasechás.”

“En la mañana del 27 de octubre de 1962 yo estaba de guardia con mi hermano en el embarcadero de Río Seco. Caía un tremendo aguacero y cuidábamos una ametralladora instalada allí. De pronto sentimos una gran explosión y mi hermano me dijo: qué trueno más raro ese y era que le habían zumbado al avión. Después me enteré que mi papá cuidaba en esos momentos los bueyes en la finquita y cuando escuchó el estampido salió corriendo para la casa gritando: ¡Nos están tirando los americanos!

“Cuando sentí el estampido, miré al cielo y vi que el avión venía pa’bajo encendido y dando vueltas. Entonces digo: ¿qué es lo que pasa? Yo pensé que se estaban tirando paracaidistas y comencé a perseguirlos, hasta que me di cuenta que eran pedazos del avión”. Así explicó Abelardo Guerra Cruz, mientras nos señalaba para el lugar donde cayó el avión espía derribado, en Veguita Tres.

“Corrí para el lugar y cuando llegué ya habían alrededor del aparato unas 40 personas del barrio, curioseando. Pensé enseguida que podía traer bombas y le grité a los vecinos que se alejaran. Luego me dirigí al lugar donde cayó el piloto, a unos 80 o 90 metros, en medio de un cañaveral. Tenía una mano abierta y en ella una herida. La cola del avión cayó próxima a Macabí.”

“Cuando llegaron de la Comandancia, mandaron a desalojar el barrio completo, y allí donde estaba el avión, los soviéticos, con la ayuda de los cubanos, sembraron cientos de matas de plátanos traídas de un platanal que había cerca, con el objetivo, según escuché decir, para que no lo vieran desde arriba si pasaba otro avión.”

“Allí permaneció durante dos días, hasta que se lo llevaron en una plancha por ferrocarril, porque los caminos estaban muy malos y había mucho fango. El cadáver del piloto sí lo recogieron inmediatamente, creo que para entregárselo a los americanos”.

Al teniente general Gueorgi Alekseevich Voronkov lo conocí personalmente; sin embargo, no supe quien era hasta 23 años después. Yo residía frente a su apartamento en el reparto Reforma Urbana, en la ciudad de Banes. Llegaba ocasionalmente temprano en la mañana en un helicóptero que tenía como campo de aterrizaje una pequeña área deportiva de la escuela especial “Dionisio San Román”, y luego se trasladaba a pie hasta su domicilio, distante unos 500 metros del lugar. Allí, él pasaba uno o dos días con otros compañeros. Nadie podía imaginarse que eran militares, siempre vestían de civil. En ese corto trayecto lo acosábamos pidiéndole fósforos algunos, y otros, cigarros. La comunicación la establecíamos por señas. Él comprendía perfectamente nuestras intenciones, nos pasaba la mano por la cabeza cariñosamente y regalaba su caja de cerillos, pero jamás ofreció un cigarro. En castellano muy mal pronunciado expresaba: “niños no fuman”.

En 1986, en ocasión de conmemorarse el 25 aniversario de la Crisis de Octubre, Voronkov visitó nuevamente la zona de La Anita. Allí recordó cuando se desempeñaba en 1962 como comandante de una de las divisiones coheteriles antiaéreas emplazadas en Cuba. Su Estado Mayor radicaba en la provincia de Camagüey. Su misión era proteger el espacio aéreo de la zona oriental del país, desde Santa Clara hasta Santiago de Cuba, para lo cual contaba con tres regimientos de misiles a reacción.

Este General ya retirado y con una avanzada edad mantenía la expresión afable de siempre. Su cabellera, diezmada por la calvicie pronunciada, era blanca como el algodón; y en su rostro se apreciaban, a golpe de vista, profundas arrugas. Se destacaba en él sus brillantes ojos de penetrante mirada.

Recordó aquel instante decisivo, donde no quedaba otra alternativa. Contó cuando le comunicaron a la Comandancia que un avión había entrado a gran altura en el espacio aéreo de Cuba y esperaban por su orden para efectuar el disparo.

Para él fue un momento difícil, relató. Podía con su mandato desatar la Tercera Guerra Mundial. Su experiencia de militar y combatiente de la Gran Guerra Patria así se lo decía. Pero el riesgo era aún mayor, la amenaza nuclear ahora estaba presente.

“Fue sorprendente –añadió. No había terminado de dar la orden de fuego y ya me informaban que el objetivo enemigo estaba derribado. La tensión alcazaba su punto máximo. Pero todo continuó normal. Cesaron de inmediato los vuelos sobre el territorio cubano”.

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
100 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cinco × uno =