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Quien escribe poemas cursis, el que lee el séptimo capítulo de Rayuela, el que desanda calles con un nombre apretado en el pecho, las personas que piensan que dos iguales también hacen pareja, quien extraña a las amistades separada por el mar u otras distancias subjetivas.

Los que no creen en sanvalentines ni en días fabricados por comerciantes para vendernos sus excedentes, lo inagotable y puro, la que escucha reguetón, el que oye a Mozart, los que no oyen.

Quien ama a la mujer maga, la que busca al que sepa volar, los que pagan alquiler, los que alquilan su cuerpo, pero no su corazón, quien venera a los seres que le dieron la vida, la rosa sobre la tumba, la que no confiesa su tímido amor adolescente, el que lo grita a voces, quien no es correspondido, los idólatras del cuerpo, los fans de Chaplin, los que recuerdan sin amarguras.

Los que leen a Whitman y declaman, en la más solemne de sus soledades: “Quien en la vida camina un solo kilómetro sin amor, lo hace amortajado hacia su propio funeral”, el que cree entender a las mujeres, quienes piensan que todo lo que necesitamos es amor, los hijos a los que se les canta desde el vientre, a los que le duele una mujer en todo el cuerpo, las promesas incumplidas, las penitencias amorosas, las abyecciones voluntarias, el amor, madre, a la Patria…

Eso es amor, o algo parecido; quien lo probó, lo sabe.

Una de las mejores definiciones del amor que los medios audiovisuales nos hayan dado es la de la serie de Netflix, Educación Sexual.

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