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Una de las imágenes más recurrentes en cualquier canción de amor es la que apela al deseo de que el día tenga más de 24 horas para disfrutar del ser amado. Por eso, cuando en la madrugada de este domingo los cubanos atrasamos una hora a nuestros relojes, no solo cumplíamos con una necesaria medida de ahorro energético, sino que estábamos haciendo realidad el sueño de varios poetas y compositores porque ese día, con el cambio de hora, fue el único del año que puede presumir de tener 25 horas.

Durante un paseo matutino a caballo, al constructor inglés William Willett se le ocurrió esta idea sui-géneris. Se aplicó por primera vez el 30 de abril de 1916 en la mayoría de países europeos. Sin embargo, en otras naciones como Estados Unidos no se impuso hasta 1918.

Entre sus principales beneficios se encuentra el disminuir el consumo energético al gozar de más horas de luz solar durante la jornada laboral y un mayor aprovechamiento del día.

Sin embargo, el volver al horario “normal” significa un importante cambio en nuestras vidas, al igual que significó el del mes de marzo, aunque este último, con la primavera acechando, suele resultar menos brusco. Si en este mes los relojes se “comen” una hora, con el salto al horario de invierno la “regurgitan”.

Los expertos aseguran que habitualmente se necesitan entre uno y cinco días para que el cerebro se ajuste al nuevo horario. A pesar de que el cambio de hora de marzo suele ser más agresivo, el ajuste de octubre también provoca leves trastornos como cansancio, malestar físico, cambios de humor, alteraciones del sueño o del estado de ánimo.

En el caso nuestro, a todo ello le debemos sumar el aumento de la demanda en el llamado Horario del Pico Eléctrico de 5:00 p.m. a 9:00 p.m. No hay que razonar mucho para darnos cuenta de la necesidad de aplicar, más que nunca, en estas circunstancias, medidas de ahorro.

Por ejemplo, en nuestras casas podemos comenzar por desconectar de la red todos los equipos eléctricos cuando no se usen. Esto se sustenta en el hecho de que muchos de ellos, por los transformadores que poseen y los controles que en muchos existen, continúa consumiendo energía en muy pequeñas cantidades, pero que con el tiempo y con la suma de todas las viviendas, dan consumos de energía apreciables.

Otra medida, a primera vista sencilla, puede reducir hasta en un tercio el consumo de los refrigeradores. Se trata de no dejar crecer la escarcha en el congelador a más de 3 milímetros. Con esto se ahorra el 30 por ciento de energía y si se coloca la parrilla trasera en un lugar ventilado el ahorro de energía puede aumentar hasta 15 por ciento, aspectos nada despreciables.

El resto depende de cada cual, incluyendo los responsables del consumo en las empresas estatales. De otra manera, puede ser que los trastornos producto del cambio de hora no solo afecten nuestra rutina diaria durante algunos días, sino que llegue también a trastocar, por un largo tiempo, nuestros bolsillos y hasta la economía del país.

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