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Cuando le pusieron el nombre, sus padres todavía creían que estaban de moda los que comenzaban con la i griega. Quizás esa “moda”, para llegar hasta donde vivía, tuviera que tomar el carahata o caminar a pie todo el trayecto de la ciudad hasta su casa, y puede ser que ello le tomara más tiempo del necesario, por lo que al llegar los nombres con Ye aún eran motivo de celebración y ostentaban algún grado de exclusividad.

Después vino la escuela y la comprobación en cada pase de lista que su nombre no era tan original como él creía. Pero no fue por eso que perdió interés en las clases. Realmente nunca se puso a pensar por qué. Solo cuando le dijeron que para ir a la secundaria tendría que becarse o, en su defecto, ir a trabajar la tierra con su padre, comprendió, con el incipiente sentido común que se podía permitir a sus 12 años, que el “amor al conocimiento” era algo que también se podía fingir, como los dolores de muela.

Así pasó del uniforme amarillo al azul. En varias ocasiones hubo que soltarle del falso al pantalón, pero en el aula siempre estaba ausente, como quien no quiere nada, porque no sabe lo que quiere. De la tradición campesina de su familia aprendió bien poco. Los pases eran para dormir y solo en las vacaciones dedicaba algo de tiempo a ayudar a su padre en la recogida de frijol o en el deshierbe. La vida en ese entonces era para él algo no muy diferente de esa sabana verdegris, con una presa y montañas de fondo, que se escurría desde su ventana: un paisaje que solo está allí para ser contemplado bucólicamente, nada más.

Con la consagración de su primer bigote a la cuchilla de afeitar vino  el momento de elegir carrera. Para él, sin embargo, nunca fue cuestión de elección. Primero, porque lo más cercano que había estado de experimentar algo parecido a una vocación había sido una noche en qué preguntó cómo se podría llegar a ser actor de telenovela brasileña; y segundo, porque con su número de escalafón, el acto de elegir sonaba como un verdadero sarcasmo.

Al final tuvo que escoger entre el Pedagógico e irse a su casa a hacer lo que nunca había hecho hasta entonces: algo útil. Escoger le fue muy fácil. Para más suerte, no tuvo que pasar el Servicio Militar porque en ese entonces a los que escogían “estudiar para maestros” se les exoneraba de ese deber.

Sin embargo, la dicha le duró poco. Al terminar el primer año de la carrera comprendió, en un “supremo” arranque de honestidad, que no iba a pasarse cuatro años más fingiendo. Ese septiembre vio pasar el carahata, cargado de estudiantes que llevaban sus uniformes en perchas y mochilas, con comida racionada para una semana, pero que en realidad no vería el próximo amanecer. Al verlos partir, no sintió nada: ni remordimientos o nostalgia por lo que había dejado atrás, ni incertidumbre por su destino, y confundió ese vacío con la madurez. A fin de cuentas, tenía un nombre que comenzaba con i griega y eso le bastaba para sentirse especial.

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