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Durante mi niñez, en los no muy lejanos años noventa del paso siglo, cuando se nombraba la programación de verano,la misma despertaba la más ferviente alegría, sin importar edades, porque, si los apagones lo permitían, significaba que en uno de los dos canales de televisión de entonces tendríamos aproximadamente 15 horas de transmisión: ¡todo un privilegio en los años más difíciles del período especial!

Quién que supere el cuarto de siglo en edad no se acuerda de cómo se detenía un país, ya detenido en sí por la coyuntura histórico-económica, con aquellas novelas colombianas, que entre Caballos Viejos y Aguas Mansas, hicieron más soportables nuestras tardes de fin de siglo.

Los niños de entonces, que nada podíamos saber de DVDs o cajitas decodificadoras, nos despertábamos cada mañana dispuestos a ver cuantas veces fuera necesario, con el estoicismo de un caballero medieval, los mismos dibujos y películas animadas de siempre, que parecían ser los únicos salvados de algún incendio en el ICRT; o las películas de los mediodías, sacadas de algún ciclo de cine norteamericano de los años cuarentay cincuenta del pasado siglo.

Como es lógico, los años pasaron, y con ellos, mi infancia; además, claro está, de nuestra programación televisiva, incluyendo a la del verano.

En estos tiempos que corren a tan altas velocidades, ¿cómo le explico a un niño que mis vacaciones se condensaban frente a un televisor en blanco y negro, y que los apagones eléctricos eran mi peor pesadilla?

¿Entenderá un nativo digital que, luego de ver alguno de nuestros programas favoritos, nos reuniéramos para, con la solemnidad que ya quisieran tener muchas reuniones o asambleas, comentar y hasta dramatizar nuestras partes favoritas?

¿Significará algo para los hijos del paquete ese gusto amargo con que llegaba septiembre y con él la vuelta a la programación que se iniciaba a las 6 de la tarde?

Estas son preguntas que me hago desde la nostalgia, y no sin cierta carga de reproche, aunque consciente de que esas circunstancias moldeó a mi generación  y nos convirtió en los televidentes impenitentes que somos hoy, capaces de apreciar mejor que nadie lo que significa tener más de 8 canales a nuestra disposición, con varios de ellos transmitiendo las 24 horas.

De tan solo mencionarlo, el niño de los noventa que llevo por dentro se pregunta qué hará con tantas opciones a su disposición, que de seguro no querrá perderse. Por suerte, o quien sabe si por desgracia, la persona adulta que soy sí lo duda un poco.

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