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Orencio Miguel Alonso en una de sus excavaciones. Fotos: archivo personal de su sobrino.

Este 7 de marzo es el aniversario 109 del nacimiento de Orencio Miguel Alonso, arqueólogo banense que nos legó, entre otras cosas, el fondo museológico del Museo Indocubano Baní, consistente en más de 20 mil piezas, institución de la cual fue su primer director. A pesar de todo ello, su vida y obra es poco conocida.    

Si hay algo que el destino se propuso, si es que el destino existe, fue que Orencio Miguel Alonso naciera en Banes, un 7 de marzo de 1911 y exhalara su último aliento en Manhattan, el 15 de octubre de 2005.

Para ello, un matrimonio español, de la provincia de Zamora, donde Galicia, Castilla y Portugal parecen que se juntan para beber de las cristalinas aguas del Duero, tuvo que embarcarse, un día de 1909, rumbo a la antigua colonia de Cuba, en ese preciso momento ocupada militarmente por segunda vez en menos de 10 años por Estados Unidos.

Entre todos los puertos posibles, fue el de Santiago, en el suroriente de la Isla, y su segunda ciudad en importancia, donde atracó el barco que los trajo. Allí, en plena bahía santiaguera, por entonces todavía podían divisarse, como pequeñas islas de metal en las azules aguas del Mar Caribe, los restos de la armada del almirante catalán Pascual Cervera, hundida inútil y caballerezcamente 11 años antes.

Pudieron asentarse allí, pero fueron más al norte, donde el Atlántico moldeó una ensenada y una familia de origen francés se dedicó a sembrar banano para la exportación. Fueron hasta allí, y se asentaron, un año antes de que, con el nombre españolizado del mayor cacicazgo aborigen del país, Banes fuera declarado como municipio. Unos 14 meses después, este matrimonio, cuyos ancestros llegaron a poseer un título de nobleza otorgado por el rey de las Españas, tuvieron a su segundo hijo y primer varón. Lo llamaron Orencio.

EN LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA

La casa de Ángel Miguel Alcalde recuerda en algo al estilo de las del sur de los Estados Unidos, en un recordatorio de que, en Banes, la influencia norteamericana, a través de la United Fruit Company, asentada en estas tierras durante la primera intervención militar estadounidense (1899-1902), marcó significativamente, en todos los sentidos, el devenir de este territorio. Kiki, como es más conocido, es aficionado a la relojería, oficio en el cual tuvo como maestro a su tío, Orencio Miguel Alonso.

Su voz pausada y de tono ligeramente grave, me conduce por el panorama íntimo de su familia, y especialmente por los pasajes de la vida de Orencio. Me cuenta del amor de su tío por la naturaleza y el conocimiento, de sus estudió en el colegio Luz y Caballero, por entonces el demás prestigio en esta ciudad semicosmopolita.

Gracias a sus constantes lecturas, incluyendo en inglés, obtuvo, casi autodidactamente, una amplia cultura, con la cual, quizás, no sabía que hacer al principio, pues el oficio que familiarmente le correspondía era el de relojero y joyero. Ángel, su padre, abrió con este propósito un establecimiento en el número 11 de la calle General Marrero, frente a la Colonia Española, actual Casa de la Cultura, al cual puso por nombre El Cronómetro; pero sería otra profesión, la de ayudante de un dentista, la que le abriría las puertas a un mundo que terminaría por fascinarlo y consagrar su nombre en el campo de la arqueología.

Banes llamó la atención de arqueólogos y coleccionista desde mediados del siglo XIX por la gran cantidad de sitios arqueológicos existentes aquí. En la foto, Orencio Miguel en una de sus excavaciones.

Resulta que Orencio Miguel ejerció, a principios de la década de 1920, como ayudante del joven dentista Alberto Gálvez Alum, el cual, alrededor de 1927, empezó a explorar las cuevas cercanas a la cuidad, con la ayuda de varios jóvenes, entre ellos Orencio. Algo despertó dentro de él al estar rodeado de artefactos y restos humanos de aborígenes, por lo que cuando en 1930 Gálvez Alum se trasladó a la capital con su colección arqueológica, posiblemente vendida, como era usual en la época, Orencio y el grupo de jóvenes, prácticamente adolescentes que lo acompañaban en las excavaciones, siguió con estas prácticas.

Motivados por la sed de conocimientos que los descubrimientos arqueológicos le despertaron, continuaron excavando cuevas en el barrio de Samá, para luego extenderse hasta Yaguajay y Río Seco. Uno de los momentos más significativos fue la excavación en el potrero El Mango, hasta donde llegaban en un viejo camión, al que llamaban Drácula, por los desperfectos técnicos. Con una cámara fotográfica dejaban evidencia documental sobre los hallazgos, la cual ha llegado, para suerte de todos, hasta nuestros días gracias al celo con que su sobrino Kiki Alcalde la ha preservado.

Orencio Miguel (tercero de izquierda a derecha), junto al grupo de jóvenes que lo acompañaban en las excavaciones. El camión es al que llamaban “Drácula” por los desperfectos técnicos.

De esta manera, fue madurando cierta actitud de investigación, y aunque siempre se mantuvo en el negocio de relojero y joyero, continuó en su tiempo libre realizando excavaciones arqueológicas en Banes, práctica que se extendió bajo su conducción por más de 40 años, en los que llegó a examinar residuarios de unos 80 poblados y 200 cuevas.

Su incansable y paciente trabajo durante cuatro décadas fue revelando paulatinamente la singularidad por la cual Banes ostenta hoy el epíteto de Capital Arqueológica de Cuba, no solo por las más de 20 mil piezas que llegó a tener su colección, sino, además, por el conocimiento que legó sobre la ubicación, dimensión y nivel de fertilidad de los más de 100 sitios arqueológicos del área, los aspectos sociales y culturales contenidos, contribuyendo al conocimiento de nuestras culturas precolombinas, y, por tanto, de nuestra identidad, al patrimonio local y nacional.   

Pieza arqueológica descubierta por Orencio Miguel en una de sus excavaciones.

A la hora de referirnos a su labor, no podemos dejar de mencionar que en 1941 acompañó a los doctores Carlos García Robiou, de la Universidad de La Habana, y a Irving Rouse, de la universidad de Yale, con quien estableció una amistad durante toda su vida, en las excavaciones realizadas en los sitios de Aguas Gordas y El Mango. También mantuvo por esta época relaciones de trabajo con el doctor Antonio Núñez Jiménez, por lo que quizás perteneció también a la Sociedad Espeleológica de Cuba. Lo que sí es un hecho fue su integración al Grupo Etnológico Guamá, que reunió en su seno al mayor grupo de profesionales de nuestra arqueología prerrevolucionaria.

El doctor Irving Rouse (de cuclillas, a la izquierda), profesor de antropología de la universidad de Yale, durante una de sus excavaciones en las colinas de Maniabón (Banes).

En Banes, sus actividades no tardaron en ganar connotación social y se convirtió en una personalidad pública, conocida por la gente del pueblo y del campo, a tal punto que le hacían llegar información de cuanto hallazgo fortuito tenía lugar (quizás el más célebre de ellos sea el Ídolo de Oro), y en el acto emprendía una “excursión” (como él mismo le llamara en posteriores publicaciones) en el “Drácula”, junto al grupo de amigos entusiastas que lo acompañaban en este singular pasatiempo.

Orencio (primero de derecha a izquierda) junto a vecinos del sitio donde excavaba.

Esta actividad adquiere mayor sistematicidad cuando integra y funda, en 1933, la asociación de los Boys Scouts en Banes, de la que llegó a ser comisionado para la entonces provincia de Oriente.

Hay un hecho que revela la actitud ética con que Orencio asumió su actitud profesional: en una ocasión, Fulgencio Batista, nacido por estos lares, le ofreció, a través de un representante, un cheque en blanco para comprar la colección de objetos arqueológicos al precio que él estimara. La negativa de este banense se complementó con su afirmación de que solo quería un lugar donde exponerla para que el pueblo pudiera disfrutar de ella.    

En una cueva, junto a los Boys Scouts

Tal aspiración se hizo realidad con el triunfo de la Revolución Cubana, cuando finalmente Orencio Miguel Alonso pudo poner su colección al servicio de la población y el Estado cubano, la cual constituye el fondo museológico del Museo Indocubano Baní, del cual fue su director-fundador en 1965 (su colección asciende hoy a más de 23 mil piezas).

Museo Indocubano Baní en la actualidad. ¿Llevará algún día el nombre de Orencio Miguel Alonso?

En 1974, del 18 al 23 de noviembre, se realiza la primera Semana Nacional de Cultura Aborigen (Jornada Arqueológica) en Banes, donde se le entregó un reconocimiento por los más de 40 años dedicado a la arqueología. En este evento científico-cultural participaron importantes personalidades de la ciencia cubana, dentro de las cuales figuran los doctores José Manuel Guarch del Monte, Manuel Rivero de la Calle, Felipe Martínez Arango, Rodolfo Payarés y Ernesto Tabío, entre otros, quienes fueron testigos de la entrega de un reconocimiento especial a Orencio Miguel por sus 44 años dedicados a la investigación científico-cultural.

Paradójicamente, esta fecha marcó el inicio de lo que pudiéramos llamar su declive dentro del ámbito arqueológico nacional. Y es que, en 1976, problemas familiares lo obligan a emigrar a Estados Unidos. En un primer momento, lo hizo hacia España, y seis meses después llegaría a Nueva York, donde viviría hasta su fallecimiento en el 2005.

Orencio Miguel en Nueva York junto a su esposa, Caridad Freyre Puig.

En tierras norteamericanas no solo continuó en su labor de relojero, en Manhattan, sino que, afortunadamente, un viejo amigo, el doctor Irving Rouse, lo haría Miembro de Honor del Departamento de Antropología de la universidad de Yale. Si uno de los más prestigiosos Centros de Altos Estudios del mundo le rindió ese honor, ¿sería muy descabellado que el Museo Indocubano Baní, el cual existe gracias a él, lleve un día su nombre?

Ángel Miguel Alcalde, Kiki, sobrino de Orencio Miguel Alonso, durante la visita a la tumba de su tío.

El destino, ese que tanto hizo por Orencio Miguel Alonso, quiso que sus restos reposaran en un camposanto de Nueva Jersey, en un ataúd directamente enterrado en la tierra.

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