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-¡Mátalo, coño, mátalo…!

-¡Mátalo, dale….!

Las plumas de su cuello se erizan. Su rival enciende sus instintos más salvajes, como el de aquel pariente de Indonesia, el banquiva, del cual dicen descienden todos los de su especie.

Desde que nació lo prepararon para este momento, incluso mucho antes, a través de cruces que buscaban mejorar su pedigrí. En él se confunde la sangre del jerezano, mediterráneo e indio. Es esa mezcla lo que lo hace tan explosivo. Eso… y los cuidados de Nápoles.

El que conoce al septuagenario Arquímedes Nápoles no le caben dudas de que es alguien ducho en cuestiones de gallos. Su figura es casi mítica entre los aficionados a la lidia de estas aves. Es como el sacerdote de una Iglesia y su patio, un verdadero templo.

Fotos y video tomados de Internet

La importancia de su labor radica, entre otras cosas, en que un gallo fino puede llegar a valer entre 2 mil y 4 mil pesos. Es de gran demanda en varios países latinoamericanos como México, Panamá y Ecuador, donde uno ganador puede cotizarse hasta en mil dólares. En subastas efectuadas en la finca Alcona, en La Habana, ha alcanzado la suma de cinco mil.

Todos los días, bien temprano, Nápoles saca a las aves al sol fresco de la mañana y las pone en la tierra, cada uno en su estaca. Quien lo observa por primera vez, y de lejos, se lleva una imagen muy surrealista: gallos… brotando de la tierra.

No es tierra, sino serrín lo que hay en el ruedo desde donde el canelo mira a su rival. En instantes, se arremolinarán cual ventisca emplumada cuando, en el fragor de la pelea, batan sus alas frenéticamente. La imagen parece sacada de un cuadro de Mariano Rodríguez.

Dicen algunos especialistas que estas aves son agresivas por naturaleza, pelean entre sí en estado salvaje, y aún en condiciones domésticas, esa es su razón de ser y el hombre, lejos de explotar su situación, lo único que hace es canalizar ese instinto para equilibrarlo y humanizar mediante toda una serie de medidas y reglamentos, lo que inevitablemente habrá de suceder, por imperativo de la naturaleza, en uno o en otro lugar.

El hombre también lleva peleándose entre sí desde los tiempos más remotos, y sin embargo, nadie ha exacerbado esos instintos en busca de placer, exceptuando a los emperadores romanos, Hitler y algún que otro presidente norteamericano.

Al canelo lo trajeron de polluelo. Junto a más de veinte de los suyos, se le cuidó como debe ser: en casillero tranquilo y ventilado, para descansar después de sus ejercicios sobre piso de virutas de madera, con no menos de cuatro pulgadas de espesor, patio sombreado con piso duro y limpio.

A los ocho meses atacó al gallón viejo que fungía como líder de la manada: era la señal que Nápoles necesitaba. Lo separó del resto y empezó a correrlo todas las mañanas, de 10 a 15 minutos. Luego, cortó su cresta y le peleó con los topetones y monas. Una tarde, su dueño lo dejó sin comer. El canelo no lo sabía, pero al día siguiente tendría su primera pelea en la valla.

LOS GALLOS Y LAS MUJERES: ¿DOS COSAS IGUALITAS…?

En Cuba, la Empresa de Flora y Fauna es la entidad que atiende esta actividad a través de las vallas estatales. Todo lo que ocurre fuera de allí entra dentro del pantanoso, pero lamentablemente prolífico terreno de las peleas clandestinas.

Generalmente, el paisaje donde se encuentra no puede ser más bucólico: la típica llanura azarosa cubana, rodeada de palmas reales. La valla en sí es un gran rancho en forma cónica con techo de guano y una pista circular de serrín al centro. Concéntricamente, se ubican los asientos y gradas. Un taburete en primera fila puede llegar a costar hasta 20.00 pesos.

En su interior amplifican por excelencia la música mexicana, complemento perfecto para las peleas. Un olor a madera, cuero viejo y sudor impregna el ambiente. Los hombres toman bebidas alcohólicas, aunque dentro del local les está prohibido hacerlo, al igual que las apuestas, pero en medio del calor de las peleas se olvida todo eso y la pura y más elemental adrenalina fluye como el Amazonas.

Antes de pelear, el gallo debe ser pesado. A partir de tres libras con dos onzas (en el argot gallístico un tres con dos) puede topar con otros de su propio peso, pero siempre es el dueño el que decide con quién va a “echarlo”. Luego, esperará en una jaula. Entonces será espueleado y un químico comprobará que no están untados con ninguna sustancia capaz de afectar a su rival. Ya está todo listo. Los que van a morir no saludan, cantan.

En una caja, separados por un tabique, se llevan hasta el centro de la valla y son puestos dentro de jaulas por separado. El juez de valla, cronómetro en mano, anuncia la pelea. Un ayudante tira de una soga y las jaulas terminan en el techo, como candelabros descompuestos.

Dice un “entendido” en estas cuestiones que el gallo es un animal esencialmente poco sensible y muy primitivo, su temperatura es superior a los 40 grados centígrados, lo que minimiza su capacidad para experimentar dolor, muy superior a la del hombre y por ello tolera tan bien las heridas, digamos que mucho mejor que los humanos.

El canelo no deja de atacar. No en balde corren por sus venas toda una larga herencia de ancestros bravos, esbeltos, fuertes, anchos, de cuellos finos y cuerpos bien proporcionados.

Dicen los más viejos, incurriendo en un “inconsciente” homoerotismo, que un gallo de pelea debería ser hijo de dos gallos finos para que no “degenere” la descendencia, pero estos, por veinte minutos, no harán otra cosa que lanzarse picotazos y espuelasos hasta la muerte de uno de los dos, o que salte la valla o abandone por heridas, como al quedar ciego. Al final, si no hay un ganador por ninguna de estas vías, se declara empatado el combate.

Los gallos y las mujeres son dos cosas igualitas/los gallos me dan dinero/ las mujeres me lo quitan/los gallos por peleoneeerooos/las mujeeeres por boniiitaaas…”se deja escuchar por el audio mientras transcurre la pelea.

De momento, el canelo está en el suelo, víctima de un espuelaso de un “indio sierra”. Le gritan ¡levántate!, como si pudiera entender las palabras… Su ojo sano queda mirando al techo. Lo recogen de suelo, casi inerte.  Durante un instante, su dueño lo mira fijamente, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Alguien le grita desde las gradas que se lo eche a los perros.

Afuera, las palmas esconden de ojos ajenos lo que allí ocurre. Son fálicos recordatorios de una ancestral tradición.

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3 thoughts on “La “exquisita” tradición de los gallos de pelea

  1. Creo que El gallo fino cubano tiene gran demanda a nivel mundial y es gracias a la Gran tradición que tenemos, ojalá hubiesen en nuestro país, más vayas comp Alcona para que todos los que compartimos esta pasión podamos llevarla a cabo de manera sería y organizada, sobre todo ahora que mucha gente ignorante del tema abogan por acabar con una tradición milenaria que ha ayudado a la conservación de esa maravillosa Raza.

  2. Deberían de cerrar las vallas clandestinas es cierto. Pero como desde tiempos lejanos la crianza de gallos finos a sido por puro deporte y cultura. Deberia de aserse vallas por provincias para q los habitantes de esos pueblos.osea los galleros Puedan ver y disfrutar de la pelea del gallo que con su esfuerzo viene cuidando hace rato.Para los ignorantes de esta tradición esta cultura. Q no están de acuerdo con las peleas de estas aves. Deberían de entender que en si esa es la naturaleza del gallo fino. Matarse y hacerse heridas está en ellos por más q se trate de evitar es una cosa totalmente estúpida.Al final son animales q se comen iwual que el puerco o el pollo de ceba q claro se matan para obtener la carne. No sería iwual o diferente de darles la satisfacción a esos animalitos de morir en el combate dignamente. A tirarlos en un caldero sin luchar por su vida o darles la oportunidad de q se destaquen. La cría de esta raza es lo más hermoso q se a visto ya q a sus criadores les trae entretenimiento y trabajo entregado.

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