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El Chino Escalante en Boca de Samá. Foto: ACN.

Este 12 de octubre se conmemora el aniversario 51 del ataque mercenario al poblado costero de Boca de Samá, en este nororiental municipio de Banes. Una de las  personas heridas en este mortal suceso, que cobró 2 vidas, aún vive…y recuerda.

Se llama Carlos Andrés Escalante Gómez, pero todos lo conocen por El Chino debido a los visibles rasgos orientales de sus ojos. Una vez más, y en la Casa Museo de esa localidad, pudimos intercambiar. El Chino recordó aquella fatídica noche del 12 de octubre de 1971.

Primero me habla de la importancia histórica de la casa museo Boca de Samá, una institución en la que se guardan materiales que comprueban la presencia el 27 de noviembre de 1492 de Cristóbal Colón en esa zona.  Me cuenta Carlos Andrés que  cuando el Almirante vio la hermosura del paraje bautizó a la bahía como Río del Sol y aseguró que debía hablarme de la significación histórica de Boca de Samá, que viene mucho antes del 12 de octubre de 1971 para que pudiese entender el cruel ataque de mercenarios contra el poblado de pescadores y carboneros.  

«Desde 1898 Boca de Samá fue el escenario por donde los barcos estadounidenses navegaban desde Cuba y hacia ese país llevando el banano de la compañía United Fruit Company que le compraba a los ricos productores de banano de apellido Dumois y Durán, establecidos en Banes. Gran parte de este producto era exportado fuera del país. En Boca de Samá también había plantaciones de banano y algunos de los vecinos de la comunidad trabajaban para la compañía norteamericana».

El Chino es el historiador no oficial de Boca de Samá y en esta ocasión accedió nuevamente a contar los detalles del encuentro armado con los mercenarios, contando primero los antecedentes históricos del poblado que permiten entender el ataque mercenario. 

La bahía de Boca de Samá, además de utilizarla como ruta de navegación, fue el lugar donde la compañía bananera tenía sus almacenes, que con el triunfo de la Revolución fueron nacionalizados. Los almacenes estaban ubicados cerca de la tienda de la comunidad, siendo este el punto de encuentro con los mercenarios la noche del 12 de octubre.

«Esa tarde vimos puntos extraños en el horizonte. Yo estaba al mando de la guardia costera, comandaba a 12 hombres, teníamos armas viejas, heredadas de la Segunda Guerra Mundial, la desaparecida URSS las habían donado a Cuba. Siete de mis hombres eran milicianos. Cuando la embarcación de los mercenarios desembarcó ya estaba cayendo la noche», rememora Escalante.

«La orden que teníamos era muy sencilla: preservar la vida de los civiles. Decidimos agruparnos en dúos o tríos para defender mejor el lugar. Escuchamos un ruido por la tienda que se encontraba a unos diez metros de la escuela. Yo iba junto a Lidio Rivaflecha Galán y Ramón Siam Portelles, decidimos que yo iría delante en tanto mis dos compañeros rodearon la tienda. Disparé a varios mercenarios, pero me impactaron ocho proyectiles. Caí y enseguida sentí mi pantalón empapado en sangre».

Los mercenarios eran parte de un grupo contrarrevolucionario llamado Alfa 66. Desembarcaron un comando fuertemente armado y hacia el caserío se encaminaron con el único objetivo de atemorizar y asesinar a inocentes.

«Mis compañeros Lidio y Ramón fallecieron en cumplimiento del deber. A Lidio lo ultimaron con una ráfaga descargada en su pecho, y Siam, buscando mejor posición, logró arrastrarse bien cerca de los mercenarios, pero un impacto de bala lo aniquiló rápidamente. Dos horas y media duró la acción combativa en la que hubo muchos heridos y también fallecidos por este vil acto de terrorismo».

Según el testimonio del Chino Escalante, cuando los mercenarios regresan al buque madre es que se ensañan aún más con el caserío, disparando balas hacia el aire y las casas donde son heridas las hermanas Nancy y Ángela Pavón.

A pesar de que al Chino se le han hecho varias entrevistas sobre el tema, al igual que a los otros sobrevivientes del hecho, escuchar la narración, la historia del ataque contra el poblado de Boca de Samá siempre es un lujo. Poder intercambiar con quienes vivieron de cerca esa fatídica noche, bajo la mirada de una bahía que bendice al visitante, es, más que un regalo, es un deber para quien ame a su patria.

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