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Ian vive cerca del mar. El azul de la costa se refleja en sus ojos. Le encanta nadar e ir a la playa junto a sus amiguitos de la escuela. Pero también le gusta sentir la tierra bajo sus pies, acariciarla lentamente y palpar cómo corre entre sus dedos.

Un día su maestra les preguntó en una de sus clases qué querían ser en el futuro. Ian levantó la mano y les dijo a todos en voz alta: “quiero ser campesino”. “¿Pero, tú estás loco?” le gritaron algunos de sus compañeritos, él les dijo que no, que sabía bien que quería trabajar en el campo.

Su maestra lo aplaudió muy fuerte, la imitaron algunos alumnos hasta que se oyó resonar en el aula todo un bullicio. Seguidamente, pidió silencio a todos y les dijo que tan importante como ser médico, ingeniero o maestro lo es ser agricultor.

Ian está muy contento porque lleva el campo en su corazón. Trabajar en su patiecito lo hace sentirse muy feliz.

“Yo tengo nueve años y estudio en la primaria Luis Corona Quevedo, estoy en cuarto grado y cuando sea grande quiero vivir de la tierra. Junto a mi abuelo y a mi mamá aprovechamos el patiecito de mi casa y sembramos cantidad de productos como el boniato, bungo, plátano y maíz, se me dieron cantidades de mazorcas para mis pollos, tengo patos y un cerdito y los cuido mucho. Mi familia fue quien me enseñó a amar la tierra y cuando sea grande quiero vivir de mi trabajo en ella”.

Ian es un niño muy inteligente, vivaz y responsable. Ayuda a su mamá y a su abuela en las tareas del hogar, porque dice que ellas trabajan mucho y hay que ayudarlas. Por las tardes, después que regresa de la escuela y hace sus deberes, coge su azadoncito se lo echa al hombro y camina junto a su abuelo para su patiecito donde tiene sembrado varios productos. Deshierba, seca el sudor de su frente y arranca la maleza. Su abuelo lo mira, sonríe, pero no deja que el niño se fatigue demasiado.  

Me contó al oído que el estudio es importante, que será un campesino, pero también se convertirá en ingeniero agrónomo para saber cómo tratar las enfermedades de las plantas y cómo mimar a los suelos más fértiles. La familia de Ian fue quien lo enseño a amar la tierra, y a que supiera que puede vivir de ella. Por ello es un niño que crece aportando al consumo familiar, sobre todo en estos tiempos, donde se necesita que en cada hogar banense sembremos nuestro pedacito.        

(Por Miledys Pérez Jiménez)

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